Consejo Mundial de Iglesias
COMITÉ CENTRAL
Ginebra, Suiza
26 de agosto - 3 de septiembre de 2002
Documento No .
GEN 3
Para examen y decisión
Informe del Secretario general
I
Los problemas que plantean la mundialización y la violencia
/
II. “Ser Iglesia” como tema central de esta reunión del Comité Central /
III. Hacia una nueva configuración ecuménica para el siglo XXI
I. Los problemas que plantean la mundialización y la violencia
1. Han transcurrido 19 meses desde que se celebró la última reunión del Comité Central del Consejo Mundial de Iglesias en Potsdam. El principal acontecimiento de esa reunión fue la inauguración a nivel internacional del Decenio para Superar la Violencia. Desde entonces se han celebrado gran cantidad de destacados e imaginativos actos de inauguración en todas las partes del mundo. Iglesias, organizaciones ecuménicas, grupos de acción y redes de contactos han comenzado a responder concretamente al llamamiento del Comité Central. El Decenio ha llegado a ser un nuevo punto de confluencia de las iniciativas ecuménicas en todo el mundo.
2. El 11 de septiembre de 2001, al mismo tiempo que se supo la noticia de los atentados terroristas en los Estados Unidos, el Comité Ejecutivo, que estaba reunido en Ginebra, recibió un informe sobre la marcha de los trabajos del Decenio y los planes previstos. Los acontecimientos que han tenido lugar durante los 12 meses que siguieron han colocado al mundo y a las iglesias ante graves e inesperadas situaciones. La seguridad ha pasado a ser la principal preocupación de los gobiernos y de la población. En nombre de la seguridad, se han dejado de lado normas de derechos humanos reconocidas a nivel nacional e internacional, se hace caso omiso del derecho internacional y se acepta nuevamente la utilización de la fuerza militar como un medio legítimo en la consecución de fines políticos.
3. En Potsdam también examinamos y aprobamos un documento de trabajo sobre “La protección de la población en peligro en situaciones de conflicto armado”. El debate que siguió al 11 de septiembre acerca de la forma de interpretar el “terrorismo” y de hacerle frente ha situado esa cuestión en una nueva perspectiva. Las iglesias están profundamente divididas respecto a si deben apoyar las intervenciones militares en el contexto de la “guerra al terrorismo”, y en qué condiciones. No cabe duda que el Decenio para Superar la Violencia es hoy más urgente que hace 19 meses o que en la época de la Asamblea de Harare. Sin embargo, las iglesias ya no tienen una postura tan clara como antes en cuanto a la necesidad de dar testimonio en favor de la paz y de la reconciliación.
4. Desde finales del año pasado, han tenido lugar numerosas reuniones interreligiosas de alto nivel, principalmente entre dirigentes cristianos y musulmanes. En todas esas reuniones los participantes hicieron solemnes declaraciones en contra del terrorismo y la violencia, afirmando su compromiso común en favor de la paz y la reconciliación. Los gobiernos y las organizaciones internacionales tienen cada vez más esperanza de que los dirigentes de las comunidades religiosas puedan restablecer las comunicaciones entre las partes en conflicto y logren romper la espiral de la violencia, en particular en Oriente Medio. Al mismo tiempo, se continúan manipulando los sentimientos y las lealtades religiosas a fin de demonizar al otro y legitimar estrategias de agresión.
5. Los ataques del 11 de septiembre y los acontecimientos que siguieron han puesto de relieve la urgencia de otro tema que también fue examinado en Potsdam: el problema planteado por la mundialización económica y la búsqueda de una visión ecuménica alternativa de la misma. Aunque sería una actitud demasiado simplista establecer una relación directa de causa a efecto entre las repercusiones de la mundialización económica y el surgimiento del terrorismo internacional, ha quedado claro el potencial de violencia estructural e incluso directa inherente a la lógica del poder que entraña la mundialización económica. La búsqueda de una alternativa a la mundialización económica, en la que está empeñado el CMI desde hace 18 meses, en colaboración con la Alianza Reformada Mundial, la Federación Luterana Mundial y las organizaciones ecuménicas regionales, y el Decenio para Superar la Violencia, cuyo objetivo es la paz y la reconciliación, son expresiones del mismo compromiso ecuménico.
6. El debate ecuménico siempre ha dado una importancia central a la afirmación inspirada en la Biblia de que existe un vínculo indisoluble entre la paz y la justicia. La verdadera paz es fruto de la justicia entendida como relaciones equitativas en la comunidad. Ahora bien, es precisamente en esas relaciones en las que repercute con mayor agudeza la mundialización. Al someter todas las relaciones y las interacciones de la sociedad a la lógica economicista del mercado, es decir al cálculo de los costos y los beneficios, y al obligar a todos los países a aceptar el dinamismo incontrolado del mercado mundial, la mundialización tiene como consecuencia la desintegración de las comunidades y la marginación, o exclusión de toda participación, de gran cantidad de personas y de comunidades enteras. La mundialización económica ha expuesto a centenares de millones de personas a una situación de vulnerabilidad extrema al privarlos de lo que les es debido para satisfacer sus necesidades vitales básicas. La vulnerabilidad como consecuencia de la pobreza, la enfermedad, el desempleo y la violencia, en sus múltiples formas, condena a más y más personas a ser víctimas de fuerzas poderosas que no pueden controlar. Este sentimiento generalizado de estar condenados a la condición de víctimas es explotado, a su vez, por quienes cometen actos de terrorismo.
7. La terrible conmoción causada por los atentados del 11 de septiembre puso en evidencia, repentinamente, que en el contexto de mundialización, todos somos vulnerables, incluso los que son aparentemente poderosos y disfrutan de los beneficios de la mundialización económica. Tras los atentados del 11 septiembre, por un breve período, se tuvo la vana esperanza de que esa conmoción induciría una toma de conciencia de nuestra condición fundamental de vulnerabilidad, y su reconocimiento, y que sería un incentivo para la búsqueda de nuevas formas de cooperación y solidaridad. De hecho, los esfuerzos para reparar las injusticias, agravadas por el proceso de mundialización, y para transformar la dependencia mutua en una colaboración efectiva, hubieran permitido preparar el terreno para el establecimiento de un marco de seguridad común que permitiera superar la peligrosa asimetría de la relación entre víctima y victimario.
8. Y creo que ha sido una vana esperanza porque la reacción de la población y de los gobiernos de los países industrializados poderosos fue, en cambio, exigir medidas de seguridad más estrictas contra las amenazas del terrorismo. El hecho de que la mundialización haga aún más vulnerables tanto a ganadores como a perdedores, y la conmoción
que se produjo, no sólo en los Estados Unidos, por haber sido víctimas de un atentado brutal, no han hecho más que exacerbar la dinámica de los conflictos inherente al proceso de mundialización. Cuando una y otra parte en un conflicto se consideran a sí mismas víctimas de la violencia y la agresión de la otra, se entra en un círculo vicioso de violencia y contraviolencia que se justifican mutuamente. La violenta confrontación entre Israel y Palestina constituye la prueba más evidente de esa condición.
9. El terrorismo internacional se sirve de los medios tecnológicos y de las estrategias de la mundialización para atacar, precisamente, sus principales símbolos (el World Trade Center y el Pentágono) y, de esta forma, impugnar y poner al descubierto la lógica que le es inherente, una lógica del poder como dominación hegemónica que tiene necesidad de seguridad y, por consiguiente, trata de reducir al mínimo la vulnerabilidad. El reflejo defensivo de la seguridad pone en evidencia las contradicciones intrínsecas del proyecto de mundialización, como queda claro en la política proteccionista del Gobierno de los Estados Unidos. La seguridad requiere fronteras estrictamente vigiladas. Y se considera que la exigencia de seguridad justifica la exclusión, o incluso la “eliminación” efectiva de toda persona considerada como una amenaza. Sin embargo, ya no es posible cerrar las puertas que ha abierto deliberadamente la mundialización, ni siquiera tendiendo alambradas o reforzando el control de las fronteras. El ejemplo de Sudáfrica pone en evidencia que incluso una política de
apartheid
a largo plazo no tiene salida.
10. Cualquier alternativa que proponga el Movimiento Ecuménico para hacer frente a la mundialización y a la “cultura de la violencia” deberá trascender la lógica del poder como medio de dominación, y tener debidamente en cuenta la condición de vulnerabilidad compartida, así como ahondar en la idea de que ser vulnerable no es lo mismo que ser víctima. La vulnerabilidad no es necesaria e inevitablemente un signo de debilidad; apunta más bien al hecho básico de que toda comunidad humana está sustentada y apoyada por relaciones de reciprocidad en y con la comunidad de la Tierra, y reconoce que las necesidades propias y las del otro están inextricablemente relacionadas. De ahí que la respuesta ecuménica a la mundialización no debería caer en la tentación de adoptar la perspectiva de la víctima, potencial o real, que trata de protegerse a sí misma en situación de vulnerabilidad. Por el contrario, debería fomentar y ampliar las relaciones de reciprocidad y mutualidad con el consiguiente fortalecimiento del sentimiento de seguridad de todos. No es la seguridad protectora la que nos permitirá alcanzar la paz y la justicia, sino más bien la transformación del hecho humano elemental de la dependencia y la vulnerabilidad en una fuente de energía que sirva para fomentar relaciones duraderas en cada comunidad y entre las distintas comunidades así como con toda la creación. Esta idea está en el centro mismo del Decenio para Superar la Violencia así como de las luchas por la justicia en un mundo globalizado.
11. La comunidad cristiana está enraizada en la afirmación fundamental de que Dios acepta en Jesucristo la vulnerabilidad total y la indefensión de la muerte en la cruz a fin de restaurar la relación de alianza rota por el pecado humano. Dios, fuente del poder, se despojó de todo poder para romper la lógica de la dominación y la violencia. De esta forma, Dios, en Jesucristo, reconcilió al mundo consigo mismo, abriendo el camino de la reconciliación entre los humanos, y de una nueva creación. La transformación de la situación de vulnerabilidad recíproca en la construcción de comunidades reconciliadas es contraria a la lógica de la mundialización. Exige una actitud de constante vigilancia y discernimiento espiritual, pero no se presta fácilmente a la elaboración de estrategias de oposición al poder. Por supuesto, el Movimiento Ecuménico debe concertar alianzas con los que luchan por una “mundialización desde abajo”, una “mundialización de la solidaridad”. Ahora bien, la visión ecuménica de transformar la mundialización y la violencia va más allá y está arraigada en la esencia misma de la Iglesia como forma diferente de comunidad, y trasciende, por lo tanto, las estrategias y los programas de acción mejor intencionados. Volvemos aquí a una perspectiva que comenzó a plasmarse en el proceso de Justicia, Paz e Integridad de la Creación, pero que aún no se ha reconocido ni elaborado a fondo.
12. Y eso es lo que ha tratado de hacer el estudio sobre “eclesiología y ética” que se realizó durante el período comprendido entre 1993 y 1996 (véase
Ecclesiology and Ethics - Ecumenical Ethical Engagement, Moral Formation and the Nature of the Church
, publicado bajo la dirección de Thomas F. Best y Martin Robra, CMI Ginebra, 1999). Las conclusiones a que se llegó en el marco de estudio, adquieren mayor trascendencia en el contexto de la búsqueda actual del Movimiento Ecuménico de una respuesta y una alternativa a la mundialización y a la violencia. Esto es válido sobre todo para la afirmación fundamental de que “la fe siempre ha afirmado que el ser de la iglesia es en sí una realidad moral”. La fe y la condición de discípulo sólo pueden expresarse en una comunidad y en una forma de vida comunitaria. La memoria de Jesucristo (
anamnesis
), constitutiva de la propia iglesia, es una fuerza que conforma la existencia moral. La Trinidad se percibe como imagen de la comunidad humana y como base de la doctrina social y de la realidad eclesial. Podríamos ahondar en esta explicación, pero no es necesario, dado que se vuelve siempre al mismo punto: la iglesia no sólo
tiene
una ética social, sino que
es
una ética social, una ética de
koinonía
(loc.cit., pág. 4ss). La iglesia está destinada a vivir una nueva forma y una nueva calidad de relaciones, una nueva comunidad en Cristo que ya es una alternativa a las relaciones distorsionadas por la mundialización y la violencia. Ahora bien, las iglesias como las conocemos se conforman en gran medida a las normas y a las pautas de las relaciones sociales en las respectivas sociedades. Por lo tanto, todos estamos llamados a reflexionar juntos sobre lo que significa ser Iglesia.
II. “Ser Iglesia” como tema central de esta reunión del Comité Central
13. Empecé mi informe remitiéndome a nuestra última reunión en Postdam, recordando nuestras deliberaciones de entonces y situándolas en el contexto de los trágicos acontecimientos que, en el curso del año pasado, han ocupado nuestra atención. Eso me ha llevado a continuar las reflexiones que había iniciado, durante mi período de licencia por estudios, en octubre y noviembre del año pasado, y cuyas conclusiones darán lugar en breve a una publicación. A este respecto, me felicito de la convergencia, al menos implícita, que existe entre el informe del moderador y mi propia exposición en lo concerniente a la relación que ambos tratamos de establecer entre el debate sobre la mundialización y la violencia, por una parte, y la preocupación ecuménica fundamental por la eclesiología, por otra.
14. Esta coincidencia proviene, al menos en parte, del hecho de que la cuestión de lo que significa “ser Iglesia” se ha propuesto como tema central de esta reunión del Comité Central. En 1999, el Comité Central había decidido que esta cuestión sería uno de los cuatro ámbitos en los que se centrarían los trabajos del CMI durante el período comprendido entre la Octava y la Novena asambleas. Y, en Postdam, yo terminé mi informe del pasado año con algunas reflexiones sobre el mismo tema, refiriéndome en particular al informe provisional de la Comisión Especial sobre la participación de los ortodoxos en el CMI. Ahora tenemos ante nosotros, no sólo el informe final de ese Comisión, sino también sus recomendaciones, que nos invitan a profundizar el diálogo sobre la Iglesia y las iglesias. Por otra parte, hemos sido invitados a participar en un acto de conmemoración del 75º aniversario de la primera Conferencia Mundial de Fe y Constitución, que se celebró en Lausana en 1927. Esta coincidencia de fechas ha inducido a la Mesa del Comité Central a proponer que en esta reunión se dediquen dos sesiones plenarias a los trabajos en curso de Fe y Constitución.
15. De ahí que en las dos sesiones de mañana por la mañana nos ocuparemos de las cuestiones que plantea el estudio de Fe y Constitución sobre “Naturaleza y finalidad de la Iglesia” y del problema más concreto de las consecuencias a nivel ecuménico del reconocimiento mutuo de nuestro bautismo común, problema que ha sido examinado no sólo en la Comisión de Fe y Constitución, sino también en la Comisión Especial sobre la participación de los ortodoxos y en el Grupo Mixto de Trabajo con la Iglesia Católica Romana. Las otras dos sesiones plenarias propuestas para esta reunión, a saber, la plenaria regional sobre Asia, de mañana por la tarde, y la plenaria relativa al Estudio Ecuménico sobre el Racismo, se centran asimismo, aunque de distintas maneras, en estas cuestiones de eclesiología y en lo que significa ser Iglesia. El debate acerca del informe de la Comisión Especial sobre la participación de los ortodoxos en el CMI, que se presentará el jueves por la mañana, podrá, por lo tanto, basarse en las deliberaciones de los días anteriores y pondrá adecuadamente fin a nuestras reflexiones sobre este tema central de “ser Iglesia”.
16. El documento de estudio de Fe y Constitución sobre “Naturaleza y finalidad de la Iglesia” presenta las conclusiones preliminares de los esfuerzos efectuados por la Comisión de Fe y Constitución después de la Quinta Conferencia Mundial de Santiago de Compostela para elaborar una declaración común o de convergencia sobre lo que las iglesias pueden decir juntas acerca de su entendimiento de la Iglesia y de su misión en y para el mundo. Como ese documento está destinado a poner en evidencia los elementos de convergencia, se centra en las afirmaciones doctrinales fundamentales y no da una respuesta inmediata a la cuestión de lo que significa ser Iglesia en la difícil situación actual. Sin embargo, la propuesta de que, en nuestra sesión plenaria, centráramos nuestro debate en las dos secciones tituladas: “Comunión y diversidad” y “La Iglesia como comunión de las iglesias locales” nos remite, al menos implícitamente, a la cuestión de lo que significa ser Iglesia en una situación de mundialización y de violencia.
17. En la versión revisada del artículo III de la Constitución del CMI, se afirma que “el objetivo principal de la comunidad de iglesias que forma el Consejo Mundial de Iglesias es exhortarse unas a otras a alcanzar la unidad visible en una sola fe y una sola comunión eucarística, expresada en el culto y la vida común en Cristo, mediante el testimonio y el servicio al mundo, y a avanzar hacia la unidad para que el mundo crea”. En un mundo en el que muchos celebran la diversidad postmoderna y un individualismo desatado, mientras que otros tienen la vivencia de la fragmentación de las comunidades bajo el impacto de la mundialización, este compromiso fundamental con la unidad de la iglesia adquiere un nuevo significado. Esta es y sigue siendo la razón de ser fundamental del Movimiento Ecuménico - no como un fin en sí misma, sino como el criterio central de todos sus esfuerzos. Fomentar la comunión unas con otras, tanto en la fe y en la vida como en el testimonio y el servicio, es el compromiso que las iglesias han aceptado en la comunidad del CMI.
18. Ahora bien, el propio proceso de la mundialización, con su lógica de poder y de dominación, nos recuerda que la unidad, en el sentido de unificación y de homogeneización, puede ser opresiva conduciendo, por lo tanto, a la afirmación defensiva o incluso militante de identidades particulares basadas en la nacionalidad, la etnicidad, la cultura o la religión. La visión de la unidad de la iglesia no es un proyecto imperial de instaurar un sistema unificado de doctrina, estructura y formas de culto, sino que se propone una unidad que reconoce que “la vida y el testimonio cristianos presentan una asombrosa diversidad que proviene de la diversidad de contextos culturales e históricos.” (párr. 62). Es una unidad en la diversidad y, al mismo tiempo, una diversidad en la unidad. “No debe sofocarse la diversidad auténtica de la vida en comunión y no hay que renunciar a una unidad auténtica en aras de una diversidad ilegítima. Cada iglesia local debe ser el lugar donde se dan garantías de dos cosas al mismo tiempo; la salvaguardia de la unidad y la posibilidad de una legítima diversidad”. (párr. 63).
19. Pero ¿qué es “auténtico”? y ¿qué es “legítimo”? Lo que se necesita es un acto permanente de discernimiento que se oponga a todo intento de establecer normas fijas. Y es precisamente en este esfuerzo constante de hacer coexistir unidad y diversidad en el que las iglesias están dando forma a su alternativa a la visión de la mundialización. En la medida en que puedan reconocerse unas a otras en la diversidad de culturas, espiritualidades e identidades confesionales, las iglesias afirman su coherencia en la comunión y se oponen a las fuerzas de exclusión y fragmentación. Al aceptar la disciplina de su mutua responsabilidad, las iglesias pueden transformar las heridas de su continua separación en formas tangibles de sostenerse unas a otras en lugar de tratar de promover su propio interés en un contexto mundial competitivo. Al afirmar la unidad de la iglesia como “comunidad conciliar de iglesias locales verdaderamente unidas” (Asamblea de Nairobi, 1975), las iglesias presentan un modelo diferente de relación entre lo mundial y lo local que se opone a la tendencia contemporánea a obligar a las comunidades locales a subordinar sus necesidades y sus recursos a las exigencias del sistema mundial.
20. Pero todo esto: reconocimiento mutuo, responsabilidad mutua y capacidad para vivir en una comunión conciliar, presupone la existencia de un lazo de comunión fundamental, aunque las iglesias no estén todavía plenamente unidas. Este lazo de comunión se basa en el bautismo único en Cristo, razón por la cual el reconocimiento de ese solo bautismo ha llegado a ser un punto central del debate ecuménico. Al reconocer el bautismo de las otras iglesias, cada una de ellas afirma que su comunidad no es simplemente un acuerdo funcional o instrumental de cooperación, sino una unión enraizada en la comunión del Dios Trino. Por otra parte, esto lleva a la siguiente conclusión de que “El reconocimiento del solo bautismo en Cristo constituye un llamamiento urgente a las iglesias para superar sus divisiones y manifestar de forma visible su comunión en la fe en todos los aspectos de la vida y del testimonio cristiano”. (véase Naturaleza y finalidad de la Iglesia, recuadro sobre “El bautismo”, párr. 77). En el bautismo, Cristo nos ha reinvicado a todos y nos ha conferido una nueva identidad común. De hecho, no podemos liberarnos de los lazos del bautismo sin renegar de las anteriores demandas y actos de Cristo.
21. En la plenaria sobre Asia se presentará una perspectiva muy diferente de lo que significa ser Iglesia. Porque, si bien Asia y su población comparten muchas de las dificultades de otras regiones del Sur en términos de repercusiones de la mundialización, es precisamente la condición de la pluralidad religiosa y el encuentro entre cristianos y creyentes de otras religiones lo que caracteriza la vida de las iglesias en Asia. Esas iglesias no han vivido nunca la experiencia de una iglesia establecida. Y en el contexto de las tradiciones religiosas asiáticas, incluso la iglesia como organismo estructurado y comunidad específica de creyentes sigue teniendo dificultades en ser aceptada a pesar que se ha entablado un complejo diálogo entre el mensaje cristiano y la sabiduría y la espiritualidad de las religiones asiáticas. “Ser Iglesia” en Asia plantea profundas cuestiones, más que en otras regiones, y por ello no debe sorprendernos que sean principalmente voces asiáticas las que han instado a un “ecumenismo más amplio”, que vaya más allá de la búsqueda de la unidad de la iglesia, e incluya la necesidad del diálogo interreligioso. En el mundo globalizado, en el que las tradiciones religiosas han empezado a interpenetrarse unas con otras, y se agudiza la preocupación por la integridad y la identidad de la propia fe, y en el que las lealtades religiosas sirven para legitimar la imagen del otro como enemigo e incluso las confrontaciones militantes, como las de India y Pakistán, Sri Lanka e Indonesia, el testimonio de las iglesias asiáticas sobre el diálogo interreligioso y la misión de la Iglesia en un contexto de pluralidad religiosa y cultural es de esencial importancia para nuestra reflexión ecuménica común sobre lo significa “ser Iglesia”.
22. Con la sesión plenaria sobre “Ser Iglesia y superar el racismo”, volvemos a una preocupación que en los últimos treinta años ha estado en el centro de los debates ecuménicos. Dentro de la comunidad del CMI hemos afirmado muchas veces que el racismo y la discriminación racial constituyen un desafío a la unidad de la iglesia y, por lo tanto, no sólo a lo que la iglesia hace sino también a su propio ser. Ahora bien, el racismo sigue profundamente enraizado incluso en la vida de las iglesias que no consiguen ser lo que deberían ser: comunidades justas y no excluyentes. En el proyecto de un documento de estudio ecuménico sobre el racismo, la exhortación a la
metanoia
se interpreta mediante el concepto de “justicia transformadora”, cuyo objetivo “es luchar contra el racismo y lograr la curación, la reconciliación y la restauración (“enderezar las cosas”) de las relaciones de los pueblos, haciendo hincapié en la justicia para los pueblos víctimas de la opresión racial o étnica” (véase el Documento de estudio, pág. 5 de la versión inglesa). La justicia transformadora exige algo más que un reajuste de las estructuras y prácticas existentes. Entraña un
cambio paradigmático
, una transformación de estructuras, culturas y valores definidos. La referencia a la amonestación de San Pablo: “No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.” (Rom 12:2) podría servir como orientación básica de todas nuestras reflexiones sobre lo que significa ser Iglesia en una situación de mundialización y violencia, y en la búsqueda de una visión alternativa. Y es evidente que el hecho de poner el acento en la justicia transformadora, más que en la retributiva, “repercute en el contexto mundial, en especial en su (des)orden económico y en la visión del mundo como comunidad mundial” (loc. cit., pág. 7 del original inglés).
23. El interés atribuido al tema “Ser Iglesia” no sólo sirve de enlace entre las cuatro sesiones plenarias de carácter temático, sino que se refleja además en varios de los padares, o sea las sesiones de información sobre cuestiones ecuménicas específicas. Así, el padare sobre las “Cuestiones relacionadas con la discapacidad” trata, entre otras, de las siguientes cuestiones: “¿De qué forma las cuestiones relacionadas con la discapacidad inducen un cambio en nuestra perspectiva teológica para que la iglesia sea realmente accesible y abierta a todas las personas con discapacidades? ¿Cómo cambia esto nuestra idea de la iglesia como cuerpo de Cristo?”. Y el padare que estudiará la “sexualidad humana” como cuestión de antropología teológica plantea, entre otras, la siguiente cuestión: “¿Cómo nos decimos mutuamente que queremos vivir juntos cuando nuestra auténtica idea de la fe, distinta en uno y en otro, se oponen tan profundamente la una a la otra?”
24. En este contexto permítaseme señalar también a la atención de ustedes otro proceso de reflexión en curso sobre “Ser Iglesia: voces y visiones de las mujeres”. Esa cuestión proviene del Decenio Ecuménico de Solidaridad de las Iglesias con las Mujeres. “Durante el Decenio oímos muchas historias de mujeres que eran solidarias unas con otras, de su compromiso con una comunidad renovada de la iglesia. ... Las mujeres afirmaban la diversidad de sus experiencias y tenían conciencia de los contextos multirreligiosos en los que ellas luchaban por ser una comunidad que respetase la pluralidad. Las formas en que las mujeres se sienten ellas mismas como Iglesia tienen ahora que ser exploradas y analizadas con las propias iglesias miembros, de modo que, juntas, puedan aprender más de la comunidad que Dios nos está llamando a ser y a vivir en este mundo” (“Prospecto para el proceso de reflexión”, pág. 1). Este estudio quiere dar a conocer más ampliamente las conclusiones eclesiológicas del Decenio y fomentar un estudio más profundo de algunas de esas cuestiones. Constituye, pues, una respuesta directa a la decisión del Comité Central de que el tema “ser Iglesia” sea uno de los temas centrales de esta reunión. Este estudio se lleva a cabo en estrecha colaboración con la Comisión de Fe y Constitución y se espera que contribuya a hacer avanzar la declaración común sobre “Naturaleza y la finalidad de la Iglesia”.
25. Por último, la presentación del “Informe final de la Comisión Especial sobre la participación de los ortodoxos en el CMI”, junto con el informe del grupo especial de estudio sobre la condición de miembro, nombrado por el Comité Ejecutivo, permitirá hacer hincapié en los aspectos eclesiológicos y centrará nuestra atención en el propio Consejo Mundial. En el presente contexto no voy a comentar detenidamente el informe, ya que tal es el propósito de la sesión plenaria del jueves y de los dos padares previstos con ese objeto para mañana y el miércoles. No obstante, voy a referirme brevemente a la sección del informe que trata de la “eclesiología” y que se inicia con la declaración: “Todos los temas examinados por la Comisión Especial tienen una dimensión eclesiológica: la respuesta a las cuestiones sociales y éticas, el culto en común en las reuniones del CMI, los problemas relativos a la calidad de miembro y a la representación, así como a la manera en que se toman las decisiones juntos. (párr. 12). Es ésta, de hecho, una de las cuestiones decisivas que han madurado durante los tres años de trabajo de la Comisión Especial, razón por la que el informe puede afirmar paladinamente: “El hecho de adherirse al Consejo Mundial de Iglesias entraña el compromiso por parte de las iglesias de comunicar unas a otras su propia interpretación de lo que significa ser iglesia, de aclarar lo que entienden por ‘la unidad visible de la Iglesia’ y de explicitar la manera en que entienden la naturaleza de la vida y del testimonio que comparten por el hecho de ser miembros del CMI. Esta cuestión apunta a la relación entre la Iglesia y las iglesias” (párr. 13).
26. La Comisión Especial reconoce que tanto la Base como la Constitución del CMI se apoyan en presupuestos eclesiológicos. Pero el intento de aclarar esos presupuestos deberá tener en cuenta que, entre las iglesias miembros, existen “dos concepciones eclesiológicas fundamentales: la de las iglesias (como las iglesias ortodoxas) que
se identifican
a sí mismas con la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica y la de las iglesias que se consideran como
partes
de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica. Estas dos posiciones eclesiológicas influyen en que las iglesias reconozcan o no el bautismo de las otras así como en la posibilidad de reconocerse unas a otras como iglesias. Esas concepciones determinan también la manera que tienen las iglesias de entender el objetivo del Movimiento Ecuménico y sus instrumentos, en particular el CMI y sus documentos fundacionales” (párr. 15). Y el informe continúa repitiendo las dos cuestiones esenciales que ya destaqué yo en mi informe en Postdam: En las dos concepciones fundamentales, hay cierta gama de opiniones sobre la relación de la Iglesia con las iglesias. Y esas diferencias de opiniones nos invitan a plantearnos unos a otros las siguientes cuestiones. A los ortodoxos: “¿Acepta la eclesiología ortodoxa la posibilidad de que existan otras iglesias? ¿Cuál sería esa posibilidad y cuáles sus límites?” Y a las iglesias que pertenecen a la tradición de la Reforma: “¿Cómo entiende, afirma y expresa su iglesia su pertenencia a la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica?” (párr. 16).
27. La capacidad de la Comisión Especial para formular con tal claridad esas cuestiones fundamentales constituye un importante paso adelante en el diálogo entre las iglesias que forman parte del CMI. Y se remite al documento EVC en el que ya se hablaba de que la existencia del CMI como comunidad de iglesias constituía un “desafío eclesiológico” a sus iglesias miembros (párr. 3.4, en el que se utiliza una expresión empleada en la respuesta del Patriarcado Ecuménico). Pero nunca antes se habían formulado estas cuestiones en forma tan directa, como un
mutuo
desafío. Y este espíritu de genuina mutualidad fue haciéndose cada vez más evidente en los trabajos de la Comisión Especial, permitiéndole hablar en definitiva con una sola voz, incluso sobre temas que podían ser causa de división como las respuestas ecuménicas a cuestiones sociales y éticas y sobre el “culto en común”. La Comisión Especial no pretende que este informe haya resuelto todas las difíciles cuestiones de su programa. Pero comparado con la situación crítica y polémica que existía hace cuatro años, el informe es la expresión de una renovada actitud de confianza mutua que debería permitir a las iglesias
integrar
las cuestiones más difíciles en la práctica de la comunidad, en lugar de exponerse al riesgo de que sean causa de división, de mutuo rechazo o incluso de exclusión. Aunque las recomendaciones de la Comisión no parecen ir muy lejos en cuanto a una “reestructuración radical del CMI”, estoy convencido de que los cambios propuestos por lo que respecta a la calidad de miembro y la representación y la toma de decisiones, sentarán las bases si se aplican de un cambio bastante radical de la “cultura institucional” del CMI. En esas recomendaciones se ha tomado en serio la importancia dada en el documento EVC a la “comunidad” y ello se refleja en la vida institucional del CMI, complementando de ese modo de muchas formas el proceso EVC.
28. Estas consideraciones sobre la comunidad de iglesias y sus repercusiones en la vida interna del CMI están íntimamente relacionadas con la cuestión de lo que significa ser iglesia y con la búsqueda de una concepción diferente que haga frente al problema de la mundialización. De hecho, ninguna de las iglesias puede hacer frente sola a ese desafío: todas se necesitan unas a otras. Y aquí como expresión de su comunidad unas con otras, el CMI tiene una función esencial y decisiva que desempeñar. Ahora bien, como claramente se dice en la introducción al informe de la Comisión Especial, las iglesias no pueden simplemente delegar esas difíciles cuestiones en el CMI. Porque, en última instancia, son las propias iglesias las que buscan la unidad visible, no el CMI; y son ellas las que tienen que tomar las decisiones doctrinales y éticas, y por último, proclamar su consenso, y no pueden reprochar al CMI por la falta de progresos en el diálogo ecuménico. En términos positivos - y aquí quiero citar textualmente el último párrafo de la introducción al informe:
“La Comisión desearía un Consejo que reúna a las iglesias en un espacio ecuménico:
· en el que sea posible entablar una relación de confianza;
· en el que las iglesias puedan formular y poner a prueba sus interpretaciones del mundo, sus propias prácticas sociales y sus tradiciones litúrgicas y doctrinales, confrontando sus diferencias unas con otras y profundizando el encuentro mutuo;
· en el que las iglesias creen libremente redes de diaconía y de promoción y defensa de la causa de la justicia y pongan a disposición de las demás sus recursos materiales;
· en el que las iglesias, por medio del diálogo, sigan eliminando las barreras que les impiden reconocerse mutuamente como iglesias que confiesan la sola fe, celebran un solo bautismo y administran la sola eucaristía, a fin de que puedan avanzar hacia una comunión en la fe, la vida sacramental y el testimonio.” (párr. 11)
III. Hacia una nueva configuración ecuménica para el siglo XXI
29. En esta última parte de mi informe, deseo aclarar la relación que existe entre las reflexiones que acabo de hacer sobre los problemas de la mundialización y de la violencia y sobre lo que significa ser iglesia, por un lado, y, por otro lado, la situación actual del ecumenismo organizado. Creo que ha llegado el momento de revisar la organización y las estructuras del Movimiento Ecuménico mundial, que hemos heredado de las generaciones que nos han precedido y de concebir una nueva configuración ecuménica que pueda responder eficazmente a los desafíos que plantea el siglo XXI.
30. De hecho, el ecumenismo se enfrenta actualmente con una compleja situación que crea mucha incertidumbre. Por un lado, la mayoría de las iglesias cristianas reivindican su compromiso ecuménico que ha pasado a formar parte del propio entendimiento que cada una tiene de sí. Sólo una minoría de comunidades cristianas cuestionan abiertamente o se oponen al llamamiento a formar parte de una comunidad más amplia. Por otro lado, somos testigos de un aumento del denominacionalismo en todas partes del mundo y de la tendencia entre las iglesias a afirmar identidades particulares y a fortalecer su perfil institucional. En la mayoría de las iglesias, parecería que el ecumenismo ya no tiene la capacidad de visión que moviliza a las gentes a trascender la tradiciones heredadas y a comprometerse en actos de renovación. Los jóvenes que en las primeras etapas del Movimiento Ecuménico eran los principales protagonistas se sienten cada vez menos atraídos por la búsqueda de formas institucionales visibles de la unidad de la Iglesia y de la cooperación entre las iglesias. Aunque existe una búsqueda espiritual auténtica, no parece ser fácil comunicar a esos jóvenes la preocupación de “ser Iglesia”, sobre todo a través de los medios de información seculares. Al mismo tiempo, los dirigentes de iglesia que defienden su compromiso con la comunidad ecuménica se ven enfrentados con posiciones conservadoras y fundamentalistas que identifican el ecumenismo con tendencias que relativizan y debilitan los fundamentos de la cultura y la religión. Para muchos, el término “ecumenismo” suscita reacciones de desconfianza y de rechazo.
31. Estas incertidumbres también han influido en el compromiso ecuménico en favor de la justicia, la paz y la integridad de la creación. La nueva dinámica que se había generado mediante el proceso conciliar de JPIC ha perdido mucho de su capacidad de convocación, en particular entre los jóvenes, y aún queda por ver si el Decenio para Superar la Violencia puede reavivar, al menos en parte, su entusiasmo. Al mismo tiempo, campañas organizadas en relación con un problema particular, así como organizaciones de la sociedad civil, han comenzado a competir con eficacia para atraer la atención del público y obtener apoyo financiero, en particular de los organismos de cooperación relacionados con las iglesias. El enfoque multifacético de las organizaciones ecuménicas conciliares tradicionales no es fácil de aceptar en un contexto dominado por las expectativas de acción de eficacia inmediata y de resultados concretos. Esa reorientación de los intereses de los organismos de financiación ha tenido repercusiones graves tanto en el CMI como en la mayoría de las organizaciones ecuménicas a nivel regional y nacional.
32. Las dificultades en términos de orientación y objetivos también se han reflejado en la falta de coherencia en materia de organización. Hasta comienzos de los años setenta, el modelo conciliar de ecumenismo representado por el Consejo Mundial de Iglesias y basado en el hecho de que estaba constituido por iglesias autónomas parecía ser la forma de organización más idónea para las iniciativas ecuménicas. La integración en el CMI del Consejo Internacional de las Misiones en 1961 y del Consejo Mundial de Educación Cristiana, en 1972, pareció validar la reivindicación del CMI de ser el “instrumento privilegiado” del Movimiento Ecuménico. Sin embargo, rápidamente, la situación comenzó a cambiar. Tras la conferencia de Bandung, en 1956, comenzó a emerger una nueva forma de organización ecuménica en los distintos continentes a nivel regional. El proceso de formación de organizaciones ecuménicas regionales que comenzó en Asia en 1959, llegó a su término en 1982, con ocasión de la asamblea inaugural del Consejo Latinoamericano de Iglesias. La regionalización pasó a ser una tendencia dominante en las organizaciones ecuménicas y las organizaciones ecuménicas regionales encontraron su propia idiosincrasia mediante el fortalecimiento de su identidad regional, a veces compitiendo con el CMI, e inspirándose en el programa del movimiento de países no alineados en relación con la descolonización, la liberación y el desarrollo. Al mismo tiempo, la decisión de la Iglesia Católica Romana de no adherirse al CMI y de dar prioridad a los diálogos bilaterales con las Comuniones Cristianas Mundiales fortaleció la voz de esas comuniones como importantes interlocutores ecuménicos. El ecumenismo bilateral pasó a ser una especie de contrapunto del enfoque multilateral promovido por el CMI.
33. Así pues, a comienzos del siglo XXI, nos vemos enfrentados con una situación muy compleja. El Consejo Mundial de Iglesias es aún la organización ecuménica más representativa y más global a nivel mundial. Mantiene relaciones de trabajo con una gran diversidad de organizaciones ecuménicas, pero todas estas organizaciones siguen manteniendo su independencia en términos de determinar sus políticas y de tomar decisiones. Ahora bien, aunque se han establecido órganos de coordinación entre varias agrupaciones de organizaciones ecuménicas, sólo tienen una función consultiva y no son competentes para tomar decisiones. El más antiguo de esos órganos de coordinación es la Conferencia de Secretarios de las Comuniones Cristianas Mundiales, que se reúne una vez por año con la participación de representantes del CMI, pero que tiene sus propios procedimientos. Por otra parte, desde hace casi 20 años, se celebran reuniones regulares entre el secretario general del CMI y los de las organizaciones ecuménicas regionales, lo que ha permitido mejorar de forma significativa las relaciones y la cooperación con estas organizaciones. Sin embargo, muchas de las organizaciones ecuménicas regionales se enfrentan con graves crisis financieras y estructurales y, en algunas regiones, se han creado asociaciones subregionales de iglesias y consejos, que toman la delantera y se preguntan si conviene mantener, en la era de la mundialización, las divisiones tradicionales regionales por continentes.
34. Más recientemente, organizaciones relacionadas con las iglesias especializadas en cuestiones de desarrollo y ayuda humanitaria han pasado a ocupar el primer plano y a presentarse a sí mismas como nuevos protagonistas a nivel mundial en el escenario ecuménico. La Red de Dirigentes de Organismos de Cooperación (HAN según su sigla inglesa), creada hace diez años con la ayuda del CMI, ha llegado a ser un fuerte interlocutor que trata de hacerse un lugar en el escenario mundial, apoyado por redes eficaces de cooperación entre entidades de cooperación en Europa, por un lado, y en Australia, Nueva Zelandia y América del Norte, por otro. Una Mesa Redonda organizada por el CMI con representantes de los organismos de cooperación, que se reúne con regularidad, ha comenzado a estudiar el lugar que correspondería a ese grupo de organizaciones en una nueva configuración ecuménica para el siglo XXI. Por lo que respecta a la respuesta a las situaciones de urgencia, la responsabilidad ecuménica se ha transferido a una nueva organización mixta: “Acción Conjunta de las Iglesias”. Desde entonces, también, se creó la “Alianza Ecuménica de Acción Mundial” con la participación de gran número de organizaciones ecuménicas. También cabe mencionar las relaciones regulares que mantiene el Consejo Mundial de Iglesias con las iglesias que no son miembros, en particular con la Iglesia Católica Romana, en el marco del Grupo Mixto de Trabajo de la Iglesia Católica Romana y el Consejo Mundial de Iglesias, y, más recientemente, con la comunidad pentecostal en el marco del Grupo Mixto Consultivo del Consejo Mundial de Iglesias y los Pentecostales. Por último, es necesario mencionar las numerosas organizaciones no eclesiales y no gubernamentales que tienen programas ecuménicos. A efectos de la cooperación con el CMI, esas organizaciones están agrupadas, en el Reglamento de éste, bajo la rúbrica general de “Organizaciones Ecuménicas Internacionales”.
35. Es evidente que ese modelo de organización ecuménica que hemos heredado carece de una integración global. La mayoría de los elementos que componen esta estructura sólo se explican por circunstancias históricas particulares. El importante desarrollo del ecumenismo desde el punto de vista institucional durante los últimos 30 años se debió a que su financiación estaba asegurada por las iglesias y por los fondos públicos asignados a objetivos generales de desarrollo social, educación, salud, derechos humanos y otros objetivos similares. Como se ha señalado anteriormente, esos fondos ya no están disponibles en la misma medida y ha aumentado la cantidad de copartícipes en la sociedad civil que compiten por obtener esos recursos. El proceso de mundialización no ha hecho más que agravar esas dificultades. La influencia del movimiento de los países no alineados que fue evidente en el período posterior a la conferencia de Bandung, ha perdido importancia, y debilitado la causa del regionalismo tradicional. En cambio, los agentes del ecumenismo se muestran deseosos de obtener notoriedad a nivel mundial. El espíritu de competencia y la lógica del mundo empresarial han comenzado a tener influencia en el ámbito de la organización ecuménica. El CMI ha comenzado a centrar su atención en la tarea de convocar y coordinar a los diversos interlocutores ecuménicos, y de establecer redes entre ellos, dejando a otros la responsabilidad del funcionamiento. Ahora bien, esto entraña una pérdida de notoriedad y de personalidad que tiene consecuencias inmediatas en relación con la disponibilidad de fondos. Por parte de las iglesias, parecería que prevalece cada vez más una perspectiva pragmática en relación con las organizaciones ecuménicas, cuya importancia se juzga en función de su “valor añadido” o de la ventaja comparativa de los servicios que cada una propone. Así, por ejemplo, el CMI no parece ser tan eficaz en la promoción de la unidad de las iglesias como las comuniones cristianas mundiales mediante sus acuerdos bilaterales. Por otra parte, parecería que el compartir ecuménico de recursos es más eficaz en el marco de relaciones bilaterales entre iglesias y organismos de financiación que por medio de instrumentos multilaterales coordinados por el CMI. Además, muchas de las organizaciones ecuménicas tradicionales recurren al círculo de amigos ecuménicos cuando se trata de puestos de responsabilidad y esto tiene como consecuencia que las iglesias organizadas que son al mismo tiempo miembros de esas organizaciones no se sientan obligadas a asumir plenamente su corresponsabilidad. La formación de una nueva generación de dirigentes ecuménicos ha sido descuidada durante demasiado tiempo.
36. En esta situación, el CMI aprobó el documento normativo sobre “un entendimiento y una visión comunes”, haciendo total hincapié en la concepción del CMI como “comunidad de iglesias”. Las nuevas orientaciones del EVC pueden ciertamente introducir una nueva calidad de relaciones. En los informes de la Comisión Especial y del Grupo de Estudio sobre la condición de miembro se percibe una nueva forma de ser y una nueva cultura de la organización ecuménica que deberían ayudarnos a encontrar una alternativa a la visión que nos propone la mundialización. Sin embargo, ¿podemos sinceramente pensar que las iglesias están plenamente comprometidas con la comunidad y tratan realmente de ser y actuar juntas en todos los ámbitos, siempre que diferencias de convicción profundamente arraigadas no se lo impidan? El informe de la Comisión Especial ha expuesto claramente el “desafío eclesiológico” que es inherente a las orientaciones del documento EVC, pero no todas las iglesias miembros han aceptado ese desafío.
37. Ahora bien, esta falta de respuesta firme (hasta el presente) por parte de las iglesias no puede y no debe tener como consecuencia que el CMI ceda a las presiones que quieren que adopte el modelo de las ONG ajustando la orientación de sus programas a la lógica política o empresarial. De hecho, enfrentadas con los problemas de la mundialización, las organizaciones ecuménicas deberían mantener y fortalecer su carácter y su vocación eclesiales y espirituales. Mientras que en muchos sectores de la actividad ecuménica tradicional, en particular en los relacionados con las cuestiones de la paz y de la solución de conflictos, la justicia y el desarrollo, los derechos humanos y la responsabilidad ecológica, las iglesias y las organizaciones ecuménicas ven cómo su papel es cada vez más puesto en tela de juicio por ONG seculares, el acto de discernimiento espiritual que entraña su actuación en esa esfera continúa dando credibilidad a su voz “profética”. Es en este sentido en el que ellas podrían impulsar un cambio a nivel mundial y local. Así pues, la cuestión de lo que significa ser Iglesia sigue teniendo una importancia decisiva en relación con cuestiones tales como la búsqueda de una alternativa ecuménica a la mundialización.
38. La comunidad, tanto en su sentido pleno eclesial de koinonía/comunión, como en su acepción secular de vivir en comunidad, es la dimensión esencial de lo que significa ser iglesia. Con la noción de catolicidad de la iglesia y su expresión en formas de vida conciliares, la iglesia primitiva elaboró una concepción que mantiene inseparablemente juntas las dimensiones mundial y local de la iglesia como comunidad/koinonía. El objetivo de la nueva configuración ecuménica para el siglo XXI debería ser recuperar esta interdependencia eclesiológica fundamental entre las manifestaciones locales y mundiales de “ser Iglesia”. Será necesario sustituir el modelo vertical tradicional, con sus diferentes niveles (local, regional, mundial) por el concepto horizontal de redes interconectadas. En sus dos dimensiones, o sea, mundial y local, la nueva configuración ecuménica debería tener por objetivo construir una comunidad y fomentar una nueva cultura de diálogo y de solidaridad, de compartir y de comunicación, de noviolencia y de reconciliación.
39. La prueba decisiva de esa nueva configuración ecuménica será su capacidad para organizar con eficacia la interacción entre las dimensiones mundial y local, y para crear con ese objeto un marco orgánico. Todas las formas intermediarias y/o paralelas de organización deberían estar relacionadas funcionalmente con uno u otro de esos centros de atracción. Por lo que respecta a la expresión mundial de la comunidad de iglesias, el CMI sigue siendo el principal instrumento. Así pues, será necesario encontrar
formas
de asociar orgánicamente al CMI con los demás agentes ecuménicos mundiales, entre los cuales me refiero, en particular, a las comuniones cristianas mundiales y a las organizaciones ecuménicas regionales. Esas formas deberían estar directamente relacionadas con los procedimientos de toma de decisiones de las iglesias a nivel mundial. Habría que sustituir la sucesión de grandes asambleas de cada uno de esos organismos, que prácticamente no están nunca coordinadas, con miras a elaborar un marco que intente responder a la visión de un “concilio verdaderamente universal”.
40. La manifestación
local
de la comunidad de iglesias depende de las condiciones geográficas, culturales e históricas. En la mayoría de los casos, los consejos nacionales de iglesias podrían considerarse como el marco de organización idóneo. Sin embargo, tradicionalmente, muchos consejos de iglesias se han contentado con fomentar la cooperación en ámbitos prácticos como los del desarrollo, la misión, la educación, la salud, etc. Sólo un limitado número ha considerado la promoción de la comunidad eclesial como parte de su mandato. Sin embargo, lo que prueba que una concepción de la naturaleza y el mandato de una organización ecuménica, cualquiera que sea, fortalece la comunidad de iglesias es el hecho de que esa comunidad esté viva “en cada lugar”. Habida cuenta de la debilidad evidente de los consejos nacionales de iglesias en muchas partes del mundo y tomando debidamente en consideración las recomendaciones hechas por el Grupo de Estudio sobre la condición de miembro en el sentido de “reagrupar” a nivel local a las iglesias a efectos de su representación y participación en el CMI, la nueva configuración ecuménica debería dar prioridad al fortalecimiento de las organizaciones ecuménicas locales. Para ello, será necesario mostrarse abierto a formas de organización y de contactos que vayan más allá del modelo de los organismos conciliares tradicionales, por ejemplo las coaliciones de iglesias y organizaciones ecuménicas, las fraternidades, etc. Y debería considerarse que, desde un punto de vista funcional, los recién formados consejos y asociaciones subregionales se encargarían de la tarea de apoyar las expresiones locales de la comunidad de iglesias.
41. Por supuesto, esas indicaciones aún no constituyen un proyecto, sino simplemente unos cuantos criterios básicos para una nueva configuración ecuménica. Están relacionadas con las conversaciones en curso con las organizaciones ecuménicas regionales y con las comuniones cristianas mundiales. La reunión de representantes de los consejos nacionales de iglesias que se celebró antes de esta reunión del Comité Central también ha destacado la necesidad de examinar las pautas de organización ecuménica. Y ésta cuestión también se planteó en el marco de las discusiones con la Red de Dirigentes de Organismos de Cooperación (HAN). La presión de la situación financiera que se ejerce, no sólo sobre el CMI, sino también sobre la mayoría de las organizaciones ecuménicas no hace más que aumentar la urgencia de estas reflexiones. Una de las recomendaciones sobre la forma en que el CMI podría hacer frente a la difícil situación financiera que lo afecta, es la propuesta de regionalizar algunas de sus actividades y de compartir responsabilidades con las organizaciones ecuménicas regionales, en particular en lo concerniente a recursos financieros y personal. Esto presupone la existencia, a nivel regional, de una forma de organización ecuménica que sea en sí viable. Sin embargo, habida cuenta de la reciente experiencia, habría que formular algunas reservas. A mediano o a largo plazo, las orientaciones generales que he presentado anteriormente parecerían más bien indicar que es necesario encontrar formas de integrar al CMI y a las organizaciones ecuménicas regionales en un marco común que eventualmente incluiría a las comuniones cristianas mundiales, que tienden a actuar como si tuvieran un papel ecuménico independiente a nivel mundial, aunque se enfrentan con la misma necesidad de mantener juntas las dimensiones mundial y local de ser Iglesia. Será necesario encontrar formas de reconocer en la comunidad de iglesias a nivel mundial no sólo las agrupaciones geográficas o regionales sino también las afinidades específicas entre iglesias que pertenecen a la misma familia confesional. De todos modos, las iglesias miembros han señalado con frecuencia que el hecho de adherirse a varias organizaciones ecuménicas internacionales al mismo tiempo plantea a las iglesias dificultades que es necesario resolver.
42. A la luz de las orientaciones generales que acabo de enunciar en relación con la interdependencia entre lo local y lo mundial, una nueva configuración debería resolver el problema de la pertenencia a diferentes organizaciones ecuménicas internacionales o mundiales, pues conlleva una fragmentación de la comunidad de iglesias a nivel local y socava su capacidad para llegar a ser una comunidad auténtica de iglesias. Para ayudar a crear la nueva configuración ecuménica, será necesario estimular a los consejos nacionales de iglesias y otros organismos ecuménicos locales para que, reflexionando sobre su carácter eclesial, lleguen a ser espacios de testimonio común y de vida compartida. En muchos casos, la participación de la Iglesia Católica Romana en los consejos de iglesias a nivel nacional y regional ha favorecido esa evolución, que, a su vez, abre la posibilidad de asociar más directamente a la Iglesia Católica Romana a una futura configuración ecuménica.
43. Soy consciente del hecho de que estoy llegando al fin de mi mandato como secretario general, y que tendré sólo limitadas posibilidades de influir en una futura configuración ecuménica. Sin embargo, por ese mismo hecho, puedo permitirme hacer este tipo de análisis y de evaluación crítica que constituyen el punto de partida de estas reflexiones. De todos modos, he pensado que era mi responsabilidad compartir con ustedes mi convicción de que el proceso de transformación del Movimiento Ecuménico debe proseguir, si queremos dar una respuesta aceptable a los desafíos del siglo XXI.