Consejo Mundial de Iglesias
COMITÉ CENTRAL
Ginebra, Suiza
26 de agosto - 3 de septiembre de 2002
Documento No .PUB 3

Para examen y decisión

Declaracion sobre asia meridional


La situación en la región de Asia meridional plantea una grave amenaza para la paz mundial. Dos potencias nucleares, India y Pakistán, se mantienen en un estado de perpetua y creciente confrontación militar. La región ha sido escenario de violencia y conflictos interestatales e intraestatales durante los últimos cincuenta años. Está habitada por más de mil millones de personas y ofrece el contraste entre dos mundos diferentes: el de la minoría rica y el de la mayoría pobre, desfavorecida y socialmente marginada. Sus sociedades se ven desgarradas por el nacionalismo, el etnocentrismo y el extremismo religioso.

Los dos países menores, Sri Lanka y Bangladesh, están también en crisis. El conflicto étnico en Sri Lanka se ha cobrado un pesado tributo de vidas humanas y ha paralizado prácticamente la economía del país. La firma en febrero de 2002 del acuerdo de alto el fuego entre el Gobierno de Sri Lanka y los Tigres de Liberación de Tamil Eelam (LTTE), aporta una señal de esperanza. Sin embargo Bangladesh, desde su separación de Pakistán en 1971, sigue siendo incapaz de superar el carácter conflictivo de su política. Políticos oportunistas y repetidas intervenciones militares han llevado el país al borde de la ruina. Su economía permanece estancada y enteramente dependiente de una asistencia externa masiva.

Los acontecimientos tras el 11 de septiembre han puesto de nuevo al Pakistán y la India al borde de una guerra abierta. La guerra en Afganistán y la presencia de los Estados Unidos en la región han añadido una nueva dimensión a una situación ya tensa en el subcontinente. El estamento militar en Pakistán está siendo recompensado por su apoyo a la coalición internacional dirigida por los Estados Unidos contra el terrorismo. Pero aunque el régimen militar participa activamente en la guerra contra los talibán y las redes de Al-Qaida en Afganistán, muestra tibieza en su decisión de desarticular los grupos de militantes islámicos de su país que se lanzan a la Yihad en Cachemira.

Las sociedades de Asia meridional están minadas por la corrupción endémica y por políticas de confrontación que a menudo conducen a graves violaciones de los derechos humanos de los partidos políticos de oposición. En un ambiente creciente de intolerancia, las minorías religiosas y la libertad de culto reciben ataques no sólo de las autoridades sino también en varios casos de las comunidades mayoritarias.

Las iglesias y los cristianos son en toda la región una pequeña minoría. El clima creciente de intolerancia religiosa y nacionalismo amenaza gravemente sus derechos y los de otras minorías religiosas de manifestar su fe en cultos y prácticas públicos. A menudo se presiona a los cristianos para que sean testigos silenciosos y sufrientes de esperanza en tiempos turbulentos. En tales tiempos críticos, la participación de los cristianos en la vida y las actividades de la comunidad depende de su comprensión de la fuerza del Evangelio y su fidelidad a él. En medio de rupturas, violencia y conflictos, los cristianos y las iglesias están llamados a ser mensajeros de paz y a abrir paso a la sanación y la reconciliación.

1. La disputa de Cachemira y la confrontación India – Pakistán

1.1 La disputa de Cachemira sigue siendo una espina en el costado de India y Pakistán. Desde la partición del subcontinente en 1947, los dos vecinos han luchado en tres guerras principales. El actual despliegue de millones de tropas en las fronteras podría llevar a las hostilidades abiertas, con perspectivas de una guerra nuclear que ninguno de los bando podría soportar.

1.2 Pese a las Resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en los años cuarenta y cincuenta y al Acuerdo de Simla de 1972, se ha llegado actualmente a una vía muerta con pocas perspectivas de que las partes vuelvan a la mesa de negociación para buscar un arreglo amistoso mediante el diálogo. La situación en Cachemira viró a lo peor en los últimos años ochenta, cuando la India, en lugar de escuchar y responder a las quejas de la población de Cachemira, envió al valle fuerzas militares para reprimir un levantamiento popular. Desde entonces ha continuado el deterioro de la situación, sin señales de vuelta a la normalidad. Las incursiones de militantes islámicos, patrocinadas por Pakistán, en apoyo del pueblo de Cachemira han agravado todavía más la situación.

1.3 Las poblaciones de la India y del Pakistán han pagado un alto precio por este perpetuo estado de confrontación militar entre ambos países, que ha llevado a un aumento constante de los gastos en defensa. Ese aumento se ha realizado a expensas de la sanidad, la alimentación, la educación, la vivienda y otros proyectos en los sectores de desarrollo humano, lo que agrava aún más los sufrimientos del pueblo llano.

El Comité Central

2. La amenaza nuclear

2.1 Los ensayos nucleares de mayo de 1998 en la India y el Pakistán sorprendieron desprevenida a la comunidad internacional. Las tensiones entre ambos países aumentaron, abriendo la perspectiva de una acelerada carrera armamentista en la región. Los ensayos fueron condenados en todo el mundo, y el 6 de junio de 1998 el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 1172 que instaba a ambos países a abstenerse de nuevos ensayos nucleares. La Resolución contenía una serie de directrices cuyo objeto era hacer entrar a ambos países en la corriente del régimen de no proliferación.

2.2 La comunidad ecuménica está convencida de que es peligroso confiar en que las armas nucleares no se utilizarán en Asia meridional. El episodio de Kargil en 1999 y el ataque del 13 de diciembre de 2001 al Parlamento Indio han mostrado que apenas se ha tomado conciencia del cambio de la situación en el subcontinente desde los ensayos nucleares de mayo de 1998.

El Comité Central insta a los gobiernos de la India y el Pakistán a que:

desmantelen las armas nucleares y se adhieran al Tratado sobre la no Proliferación de las Armas Nucleares y al Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares;

sometan todos sus programas nucleares civiles a acuerdos de seguridad internacionalmente reconocidos; y

cooperen con otros estados de la región para establecer una región libre de armas nucleares en Asia meridional.

El Comité Central insta también a ambos gobiernos a que mientras tanto apliquen inmediatamente medidas para reducir el riesgo de ataques nucleares deliberados o inadvertidos, y a este fin:

suscriban conjuntamente una política de no primer uso y formalicen este compromiso mediante un acuerdo bilateral;

se abstengan equipar con armas a los vectores;

aseguren el control efectivo del poder político civil central sobre las políticas y las instalaciones nucleares; y

amplíen y refuercen el actual acuerdo que prohíbe los ataques a las instalaciones nucleares de cada uno.


El Comité Central insta además a los gobiernos de la India y del Pakistán a que:

suspendan toda nueva investigación, desarrollo y producción de armas nucleares o componentes de las mismas; y

suspendan la producción de materiales fisionables y apoyen las negociaciones internacionales para una prohibición mundial de la producción de materiales fisionables.

El Comité Central insta a la comunidad internacional a que:

ponga fin inmediatamente a todo apoyo material y político a la India y al Pakistán para el desarrollo y la producción de armas nucleares y/o sus vectores.

El Comité Central insta a sus iglesias miembros en Asia meridional a que:

apremien a sus respectivos gobiernos para que trabajen en favor de una zona libre de armas nucleares en Asia meridional; y

emprendan programas de concientización pública en apoyo de la supresión de las armas nucleares en Asia meridional y en el mundo.

3. Religión, política e intolerancia

3.1 La región de Asia meridional ha acogido a las grandes religiones del mundo : islam, hinduismo, budismo y cristianismo. Durante siglos los practicantes de estas religiones han vivido en paz y armonía. La situación parece cambiar ahora. En el último decenio la religión se ha convertido en un factor significativo y a veces dominante en los conflictos intraestatales. Ha sido manipulada para promover estrechos intereses y objetivos políticos o nacionalistas. La intolerancia religiosa ha crecido en casi todas partes, y las sociedades de Asia meridional no son una excepción.

3.2 En la India, la aparición del Partido Bhartiya Janata (BJP) como fuerza principal en la escena política ha socavado gravemente la base secular del país. En los últimos años, cristianos y musulmanes han sido atacados y se han quemado sus templos. También han aumentado los ataque a la comunidad Dalit. Pese a todas las garantías constitucionales, los dalit siguen sufriendo humillaciones y discriminaciones no sólo de las autoridades sino también de la mayoría de la población. En Pakistán, el clima de intolerancia religiosa alimentado durante los 11 años de gobierno militar del general Zia ha hecho inseguras las vidas y las propiedades de las minorías cristianas. Muchas familias han sufrido por el uso indiscriminado de las leyes sobre blasfemia, aplicadas a cristianos inocentes. Aldeas e iglesias cristianas han sido objeto de ataques por instigación de grupos extremistas islámicos. La situación ha empeorado a consecuencia de la guerra emprendida por los Estados Unidos en Afganistán. En Sri Lanka y Bangladesh, grupos budistas e islámicos se han servido a menudo de la religión con fines políticos para incitar al odio y a la violencia contra minorías religiosas.

3.3 El clima de intolerancia religiosa creciente en Asia ha producido muchas víctimas. Ha resquebrajado la base multicultural, multirreligiosa y pluralista de las sociedades de la región. La intolerancia ha impulsado una nueva ola de ideólogos que, además de distorsionar la historia, se dedican a promover la violencia comunal que crea muros de separación y odio entre los pueblos.



El Comité Central insta a las iglesias, especialmente las de la región, a que:

tomen conciencia del avance del extremismo religioso que afecta negativamente a la mayoría de las religiones: islam, hinduismo, cristianismo y budismo. Esta influencia negativa de la religión se produce a menudo en grupos que actúan por ignorancia y oscurantismo para imponer a la sociedad sus ideas religiosas particulares;

alienten y apoyen los proyectos de educación cívica que promuevan la comprensión, la tolerancia, la paz y la armonía entre comunidades en los planos local, nacional y regional;

dialoguen sobre derechos humanos con personas de otras creencias y convicciones para construir una cultura de paz y tratar de cuestiones como los derechos de las minorías y la tolerancia;

presten atención a la difícil situación de los dalit a consecuencia de las prácticas y políticas discriminatorias del gobierno de la India y promuevan la observancia de las garantías constitucionales mediante recursos legales, concientización y defensa de sus intereses a nivel nacional e internacional;

movilicen apoyos nacionales e internacionales para la derogación de la Leyes sobre Blasfemia en el Pakistán.

3. a) El conflicto étnico en Sri Lanka

El conflicto en Sri Lanka, desde que estalló en 1983, se ha cobrado más de sesenta mil vidas a ambos lados de la divisoria étnica. La guerra ha dejado en harapos la economía del país. Durante más de veinte años se han impuesto leyes draconianas a la población, principalmente a los tamiles. Tortura, detención sin juicio, ejecuciones extrajudiciales y recorte de la libertad de prensa son prácticas comunes de las autoridades. Los LTTE han impuesto condiciones estrictas en las zonas que controlan, donde son prácticas comunes la extorsión, las ejecuciones sumarias y el reclutamiento forzoso, en particular de niños, para la guerra.

La escalada bélica en los decenios de los ochenta y los noventa produjo un éxodo masivo de refugiados tamiles a la India, Europa occidental, América del Norte y Australia; además, gran número de personas del norte y el este fueron desarraigadas entrando en la categoría de desplazados en el interior del país. Se han hecho, sin gran éxito, varios intentos de mediación para conseguir un acuerdo de paz entre el gobierno de Sri Lanka y los LTTE. No obstante, la situación cambió inesperadamente en febrero de 2002, cuando los noruegos facilitaron un Memorándum de Entendimiento entre el gobierno de Sri Lanka y los LTTE para suspender las hostilidades, en espera las conversaciones de paz que han de tener lugar en Bangkok, Tailandia.

El Comité Central:

acoge con satisfacción el Memorándum de Entendimiento convenido entre el gobierno de Sri Lanka y los Tigres de Liberación de Tamil Ealam;

insta a la comunidad ecuménica a:

3. b) Bangladesh y las minorías religiosas

Como su nación madre Pakistán, Bangladesh no ha conseguido, tras tres décadas de independencia, desarrollar un marco constitucional viable de gobierno democrático. El país ha sufrido frecuentes cambios de gobierno y golpes militares sangrientos. Su principio fundacional de “nacionalismo secular bengalí” se ha derrumbado, y el país se ve ahora oprimido entre las convulsiones de los agresivos partidos políticos islámicos de derechas y un tropel de políticos oportunistas. La falta de una cultura política parlamentaria ha allanado el camino a la política callejera destructora. Hay una necesidad urgente de construir una cultura de tolerancia y paz en el país.

El Comité Central insta a las iglesias a que:

vigilen la situación de las minorías religiosas en el país y ofrezcan apoyo pastoral y solidario a las iglesias y a los cristianos del país;

proporcionen recursos humanos y materiales a las iglesias de Bangladesh para que puedan iniciar la cooperación y el diálogo interreligiosos con objeto de promover la tolerancia y construir una cultura de paz.



(Recomendado por la Comisión de Relaciones Internacionales el 6 de junio de 2002)


Apéndice

La región de Asia meridional

Antecedentes históricos

El siglo XX presenció cambios dramáticos en Asia meridional que tuvieron consecuencias de gran alcance. La región pasó a través del imperio a la independencia, del imperialismo al nacionalismo, de la autocracia a la democracia, con marcha atrás en algunos países. Muchos de los cambios fueron más de forma que de fondo. Debajo del ropaje de la democracia parlamentaria persiste una cultura de violencia, confrontación y conflicto: entre los estados y dentro de ellos; entre castas y comunidades; entre diferentes religiones, incluso entre sectas de la misma religión. Las contradicciones son alucinantes. Sociedades mayoritariamente analfabetas que difícilmente consiguen sobrevivir en un estado de agricultura semifeudal y empresa neocapitalista son arrastradas al proceso electoral de sufragio adulto y mundialización de la cultura y la economía. Políticos corruptos con escasos recursos a su disposición son llamados a satisfacer las expectativas crecientes de una población cada vez más numerosa. No hay que extrañarse pues de que las sociedades de Asia meridional presenten una imagen de dos mundos diferentes: el de la minoría privilegiada y el de la mayoría socialmente marginada.

Emergencia de la India y del Pakistán

La Primera Guerra Mundial marcó el comienzo de la lenta extinción del imperialismo y sirvió para izar la bandera de la rebeldía que tuvo sus consecuencias en el imperio británico. Los sacrificios de indios en los campos de batalla de Europa exigieron una respuesta política. La masacre de Jallianwala Bagh galvanizó las clases políticas del subcontinente y el Movimiento Khilafat introdujo en la escena a las masas musulmanas. Gandhi aprovechó la oportunidad para aumentar la presión sobre el gobierno británico asumiendo la dirección del partido del Congreso y convirtiéndolo en una organización de masas. Los británicos introdujeron apresuradamente reformas en 1920. Era poco y demasiado tarde. Los nacionalistas, entre tanto, habían pedido más: primero la igualdad con otros dominios, y después la independencia. Pedían para la India lo que se había concedido en la metrópoli. La formación adquirida por Gandhi y por Jinnah en las asociaciones jurídicas londinenses Inner Temple y Lincoln’s Inn respectivamente les hicieron los dos grandes campeones de la causa del nacionalismo y la democracia. Sin embargo en los últimos años veinte era difícil definir el nuevo nacionalismo indio. Al principio se definía como coalición de comunidades –hindúes, musulmanes, sijs, budistas y cristianos– que representaban la diversidad de culturas del subcontinente. Los británicos, fieles a su política de dividir para vencer, trataron de disipar la fuerza centrípeta del nacionalismo estimulando el provincialismo y haciendo nuevas concesiones a musulmanes y sijs, con lo que el proceso de transferencia del poder político resultó muy divisor. Los musulmanes se negaron a aceptar el Congreso como sustitutivo del Raj británico. Presentaron la reivindicación de Pakistán. Inicialmente, no se pedía la separación sino el reconocimiento de la entidad musulmana en el nuevo orden político. Todavía en 1946, Jinnah estaba dispuesto a aceptar el Plan de la “Cabinet Mission” con su oferta de una amplia federación y máxima autonomía para el norte, el oeste y el nordeste musulmanes. Fue el Congreso Nacional Indio, atento a los poderes del gobierno imperial en Delhi, el que rechazó lo que habría sido una opción ideal para el futuro del pueblo del subcontinente.

Sucedió así que, cuando los británicos decidieron retirarse de la India, había un vacío de poder en el centro, y el ejercicio de transferencia de responsabilidad condujo a derramamientos de sangre y violencias traumáticas, cuyos efectos persisten todavía hoy sobre las relaciones de los dos estados sucesores, el Pakistán y la India. Desde la partición del subcontinente en 1947, los dos nuevos estados independientes han seguido enfrentándose militarmente sobre fronteras precipitadamente trazadas. Nacidos en la hostilidad, los dirigentes de la India y el Pakistán definieron el nacionalismo desde sus estrechas perspectivas respectivas y terminaron teniendo estructuras estatales supercentralizadas que siguen siendo fuente de tensiones entre pueblos y regiones dentro de ambos estados.

Bangladesh

La historia de lucha y sacrificio de los musulmanes de Bengala desde el poder colonial empezó a fines del siglo XIX, cuando junto con musulmanes de otras regiones del subcontinente adquirieron conciencia de ser una comunidad desfavorecida y marginada. El deseo común de todos los musulmanes no era el separatismo sino la autoafirmación frente a la comunidad hindú avanzada. En el movimiento pro Pakistán la finalidad de los musulmanes bengalíes era tener una morada propia en la que pudieran hacer sus negocios sin que les estorbara la competencia hindú. Para justificar la exigencia de un estado musulmán separado, la Liga Musulmana, principal partido político de la comunidad, formuló la que se llamó teoría de las “dos naciones”, según la cual los musulmanes del subcontinente constituían una entidad separada y el Islam era el factor integrador. Sin embargo, la experiencia pakistaní (1947 – 1971) de los musulmanes bengalíes mostró que el Pakistán representaba tan sólo un cambio estructural superficial. La emancipación económica y la participación en el poder político del pueblo del que entonces era Pakistán Oriental siguió siendo un sueño no realizado. La desilusión se agravó con las políticas injustas del gobierno central del Pakistán que contaba con el apoyo de los militares, la burocracia y la clase feudal de predominio punjabí. La denegación de derechos civiles, políticos y económicos obligó al pueblo del Pakistán Oriental a recurrir a un movimiento de no cooperación que tomó impulso tras las elecciones generales de 1970, ganadas por la Liga Awami por enorme mayoría. Los dirigentes de Pakistán Occidental se negaron a aceptar la victoria de la Liga Awami y a entregarle los resortes del gobierno central. Hubo una serie de conversaciones entre los dirigentes de ambas partes para resolver la crisis, pero con poco éxito. La noche del 25 de marzo el ejército pakistaní se lanzó una ofensiva militar en toda regla contra el pueblo de Pakistán Oriental, el cual reaccionó con ayuda de fuerzas indias emprendiendo una guerra de liberación de nueve meses. El 16 de diciembre de 1971 las fuerzas armadas pakistaníes se rindieron a las de la India, y así nació Bangladesh.

Sri Lanka

Sri Lanka, o Ceilán como se llamaba antes de 1972, contiene dos grandes grupos étnicos: los sinhala, con el 72% de la población, y los tamiles, con el 21%. Los sinhala son mayoritariamente budistas, y los tamiles principalmente hindúes. Hay cristianos en ambas comunidades. Durante el período inicial de ocupación colonial (portuguesa, 1505 – 1656; holandesa, 1656 – 1796) ambas comunidades existían como reinos separados. Los británicos, que derrotaron a los holandeses, adquirieron los dos reinos separadamente. Administraron las zonas tamiles desde Madrás, pero en 1933, por conveniencia administrativa, fundieron los dos reinos en una sola entidad gobernada desde Colombo. Según los analistas políticos, las acciones británicas sembraron las semillas del actual conflicto étnico. No se hicieron esfuerzos serios por integrar ambas comunidades. En el siglo XIX, para atender a las nuevas plantaciones de café, té y caucho, los británicos reclutaron muchos trabajadores migrantes entre los tamiles de Nadu y los asentaron en los distritos altos como mano de obra contratada.

En 1931, las Reformas Donoughmore introdujeron el sufragio universal en el país. Aunque parezca paradójico, el derecho de voto universal de los adultos dio a las masas analfabetas silenciosas de Ceilán una oportunidad de participar en la política nacional y creó las condiciones para la etnización de la política representativa. Para conseguir apoyos, las élites sinhala y tamil apelaron a los intereses comunes de cada comunidad, haciendo así que la identidad comunal fuera parte integrante de la competición política democrática. A diferencia de la India y el Pakistán, Sri Lanka no tuvo un movimiento de masas por la independencia nacional. Sólo la izquierda avanzó un programa radical de lucha antiimperialista, pero su eco en la política de masas no fue bastante fuerte para generar un movimiento anticolonial. En 1948, cuando el gobierno imperial se preparaba para abandonar una India confusa e ingobernable, se concedió la independencia a Ceilán el 4 de febrero. En comparación con la lucha por la independencia en la India y el Pakistán, la independencia de Ceilán fue como un regalo, y llegó sin derramar una gota de sangre.
Tensiones y conflicto indo-pakistaníes

Cachemira

La herencia de la partición del subcontinente dejó graves secuelas psicológicas en las relaciones indo-pakistaníes. Más de dos millones de personas murieron tras la independencia, cuando los musulmanes emigraron hacia el Pakistán y los hindúes hacia la India. Desde entonces, ambos vecinos se han enfrentado en tres guerras principales y siguen sobreviviendo en un estado permanente de confrontación militar, cuyos costos recaen pesadamente sobre el pueblo. Aún hoy, pese al cambio generacional, el espectro de la desintegración social y territorial subsiste en ambos países.

Tal vez el más trágico legado de la partición es la disputa de Cachemira. Sigue siendo una herida ulcerada en el corazón del subcontinente. El estado de Jammu y Cachemira era uno de los 562 principados que constituían alrededor de la tercera parte del Imperio Británico en la India. El mismo principio aplicado en la partición de la India británica, es decir que los estados de mayoría no musulmana se integrarían en la India y los de mayoría musulmana lo harían en el Pakistán, fue también aplicable a los principados. Antes del 14 de agosto de 1947, todos excepto tres de los principados –Junagadh, Hyderabad y Cachemira– se habían integrado en la India o el Pakistán. De los tres, Junagadh, gobernado por un musulmán, se unió a Pakistán, pero la India lo ocupó por la fuerza alegando que la mayoría de la población era hindú. El gobernante musulmán de Hyderabad quería la independencia para su estado, pero la India lo ocupó también sosteniendo que su población era sobre todo hindú. En el caso de Cachemira, aunque la India reivindicó todas las zonas de mayoría hindú sosteniendo que la partición se hacía siguiendo límites de comunas, se negó a conceder al Pakistán la Cachemira mayoritariamente musulmana apoyándose en la integración realizada por su gobernante hindú. Miembros de las tribus del norte de Pakistán, con el apoyo del ejército pakistaní, invadieron Jammu y Cachemira en 1948, para liberar a sus compatriotas musulmanes, lo que desencadenó el conflicto y la apertura de hostilidades entre ambos poderes. El ejército indio impidió que las gentes de las tribus tomaran la capital Srinagar, dejando que Pakistán controlara una extensión de unos 30.503 kilómetros cuadrados, llamada Cachemira “Azad” (Libre). El territorio controlado por la India se denomina Cachemira “Ocupada”. Tanto la India como el Pakistán siguen reivindicando el estado en su integridad.

El 1 de septiembre de 1948 la India, a la sazón presidida por Jawarhlal Nehru, presentó una queja formal contra Pakistán en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La queja se tramitó con arreglo al Artículo 35 del Capítulo VI de la Carta que se refiere a “Arreglo pacífico de controversias” y no con arreglo al Capítulo VII que trata de actos de agresión. El Consejo de Seguridad estableció una comisión de cinco miembros llamada Comisión de las Naciones Unidas sobre la India y el Pakistán (UNCIP). Antes de que la Comisión pudiera visitar Cachemira en 1948, estallaron las hostilidades entre la India y el Pakistán en abril del mismo año. Tras consultar con ambas partes, la Comisión aprobó una Resolución el 13 de agosto de 1948 instando a las partes a ordenar un alto el fuego y afirmar que el estatus futuro de Cachemira sería determinado por sus habitantes. El 5 de enero de 1949, tras nuevas negociaciones entre las partes, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó una resolución de alto el fuego. Cachemira permanece en el programa de las Naciones Unidas como territorio en disputa. En la India, el estado de Jammu y Cachemira mantiene un estatus especial dentro de la Unión. Tiene su propia constitución que afirma la integridad del estado dentro de la República de la India. En virtud de la constitución de Jammu y Cachemira, el gobierno del estado es designado por el Presidente de la India; los poderes ejecutivos están en manos del Ministro Principal y del Consejo de Ministros. El gobierno de la India tiene poderes legislativos directos en cuestiones de defensa, asuntos exteriores y comunicaciones.

Confrontación militar permanente

Poco más de un decenio tras la independencia Pakistán sufrió, en octubre de 1958, el primero de sus muchos golpes militares, cuando el general Ayub Khan destituyó el gobierno civil. Con los militares en el poder, las tensiones entre los dos vecinos se intensificaron y al sentirse recíprocamente amenazados se paralizó el diálogo político, habiendo la India rechazado la oferta pakistaní de un pacto de defensa mutua a fines del decenio de 1950. La desconfianza de la India se acentuó tras el conflicto de 1965 con Pakistán. En abril de 1965, el ejército pakistaní puso meditadamente a prueba las defensas indias, que sufrieron una importante derrota en un choque fronterizo en 1962 con China. Consciente de la baja moral india, el general Ayub lanzó la infame “Operación Gibraltar” para apoderarse de Cachemira por la fuerza. El resultado fue de nuevo indeciso y no pudo alterar la línea de alto el fuego existente. Los temores de Pakistán de que la India se proponía destruirlo se reforzaron con la pérdida de Pakistán Oriental en 1971. Tras las elecciones generales de 1970 en el país, ganadas por la Liga Awami (con apoyo mayoritario en Pakistán Oriental), las relaciones entre uno y otro Pakistán se deterioraron gravemente. Hubo una lucha por el poder entre el ejército y el Partido Popular Pakistaní (que obtuvo la mayoría de los escaños en Pakistán Occidental) por una parte y la Liga Awami por otra parte sobre la cuestión de quién debía controlar el gobierno central. La resistencia militar a entregar el poder a la Liga Awami que había obtenido la mayoría de los escaños en la Asamblea Nacional, recurriendo en cambio a la acción militar, provocó un levantamiento armado en la parte oriental del país. En septiembre de 1971 la India, aprovechándose de la situación, aumentó su apoyo encubierto a los rebeldes bengalíes. En Diciembre de 1971, el ejército indio emprendió una gran ofensiva militar para liberar Pakistán Oriental. Como respuesta, los dirigentes del Pakistán Occidental decidieron hacer huelgas aéreas preventivas en el sector occidental contra las bases aéreas indias. El 17 de diciembre, tras la caída de Dacca, la India declaró u alto el fuego unilateral, pero para entonces ya había obtenido ventajas sobre la línea de alto el fuego en Cachemira, así como en Sindh y Punjab. La guerra de 1971 llevó a la desmembración del Pakistán y estableció inequívocamente la superioridad de la India en la región como potencia principal. Hizo además añicos el mito de la “teoría de las dos naciones” de que la religión podía ser la base de un nacionalismo duradero. En el verano de 1972 en Simla, donde se reunieron los representantes de ambos países, la India pudo negociar con las ganancias territoriales conseguidas en Punjab y Sindh para reajustar la antigua línea de alto el fuego de las Naciones Unidas en favor de una nueva Línea de Control (LC) en Cachemira (Apéndice B del Acuerdo de Simla), lo que mejoró las posiciones avanzadas de la India. El Acuerdo de Simla llevó al reconocimiento formal de Bangladesh en 1974 y al regreso de los prisioneros de guerra mantenidos en Pakistán Oriental. Mientras la India se valió de la victoria de 1971 para orientar a su favor el programa regional y fijar el marco de las futuras relaciones indopakistaníes, un ejército pakistaní derrotado esperaba su hora acechando en la sombra el momento de devolver el golpe y desquitarse de su humillación.

Según los sucesivos gobiernos pakistaníes, Cachemira sigue siendo la “cuestión inconclusa de la partición”. Tras la firma del Acuerdo de Simla en 1972, Pakistán trató intermitentemente de internacionalizar la cuestión invocando las resoluciones de las Naciones Unidas en los años cuarenta, en particular la Resolución 47 de 1948 aprobada por el Consejo de Seguridad el 21 de abril de 1948 (Apéndice - A) reclamando un plebiscito en Cachemira. La situación en Cachemira, que nunca había sido estable, empeoró al final de los años ochenta, a causa de la constante desatención de la India respecto a las quejas del pueblo de Cachemira. El resultado fue un levantamiento popular. En lugar de responder a las demandas populares con un espíritu de transacción política y ajuste, la India recurrió a la fuerza para sofocar el levantamiento y trató la situación como un problema de orden público. Las violaciones de derechos humanos cometidas por las Fuerzas de Seguridad Indias contra civiles inocentes contribuyeron a distanciar al pueblo. El ejército indio continuó realizando operaciones en virtud de la Ley para las Zonas Perturbadas de Jammu y Cachemira y de la Ley de Poderes Especiales de las Fuerzas Armadas (Jammu y Cachemira), llevando a cabo operaciones de control y búsqueda en barrios y aldeas musulmanes, deteniendo a jóvenes y sus familias, procediendo a ejecuciones sumarias de supuestos militantes. Estos actos de represión reavivaron el levantamiento en el valle. Pakistán, pese a sus negativas, aprovechó esta situación y facilitó la entrada en el valle de militantes islámicos para mover una guerra de guerrillas en apoyo de la lucha de liberación del pueblo de Cachemira. El ejercito pakistaní no se esforzó en ocultar sus intenciones de tener enredada a la India en un conflicto de “baja intensidad” para desangrarla lenta pero constantemente.

Las ambiciones nucleares del subcontinente

Hay en el subcontinente una tendencia a equiparar capacidad militar y poder, lo que ha tenido consecuencias profundas para la estabilidad de la región. Otro factor que contribuye a esta falta de estabilidad es la constante negativa del Pakistán a conceder a la India un puesto de primacía y liderazgo. De ahí los enormes gastos de defensa realizados por ambos países con un gran costo social para el pueblo. Desde 1974, cuando la India hizo su primer ensayo nuclear, la carrera de armas convencionales entre ambos países ha amenazado hacerse nuclear, con despliegue de artefactos nucleares y proliferación continental de más sistemas de armas nucleares. Entre 1980 y 1999 los gastos de defensa de la India aumentaron en un 250%. En 1987 la India era uno de los mayores importadores de armas del mundo. Sin embargo, en relación con el PNB y los gastos per cápita, Pakistán tiene el más alto nivel de gastos de defensa que ha sido apoyado por una combinación de gobiernos militares o con apoyo militar y ayuda en términos de favor y préstamos sin interés de los Estados Unidos. Hubo un breve período de excepción entre 1998 y 2001, cuando se detuvo esta afluencia de ayuda militar. Los Estados Unidos impusieron sanciones a causa del programa nuclear del país.

Desde 1970, el juego de adivinación indopakistaní “sí-tenemos, no-tenemos” ha sido curiosamente asimétrico pese a las doctrinas comunes de seguridad. El Pakistán necesitaba un artefacto atómico para contener el programa de modernización militar de la India. La élite política de la India quería una bomba no necesariamente para intimidar al Pakistán, aunque también podía ser así, pero sobre todo como disuasión frente a China y para apoyar sus aspiraciones a ser reconocida como una gran potencia por la comunidad internacional. Ello coincide con la ambición de la India de ser miembro del Consejo de Seguridad en caso de que éste sea ampliado. La India considera que ser una potencia nuclear es un título para ser miembro de ese club elitista exclusivo, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, interesado especialmente en la gestión de los asuntos mundiales.

Los ensayos nucleares realizados en mayo de 1998 por la India y el Pakistán agravaron las tensiones, acentuaron las perspectivas de una carrera armamentista acelerada y constituyeron un grave peligro para la pobreza crónica de la región al reducir la confianza de los inversionistas, aumentar los gastos de defensa y frenar el crecimiento económico. Las pruebas provocaron la inmediata condena mundial por 152 estados y una serie de organizaciones internacionales: el Grupo de las Ocho naciones industriales (G-8), la Unión Europea, la Organización de los Estados Americanos, el Consejo de Cooperación del Golfo, la Organización de la Conferencia Islámica y el Consejo de Ministros Nórdicos. El Foro Regional de la ASEAN también emitió un comunicado criticando los ensayos. El 4 de junio, los ministros de asuntos exteriores de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, bajo la presidencia de China, expresaron su condena de los ensayos en nombre del conjunto de la comunidad internacional.

La Resolución 1172 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, aprobada el 6 de junio de 1998, pedía que la India y Pakistán se abstuvieran de nuevos ensayos nucleares. Exponía una serie de directrices encaminadas a restaurar la estabilidad y llevar a ambos países a adoptar el régimen de no proliferación. La resolución instaba a los dos países a reanudar el diálogo interrumpido, mencionando Cachemira como causa profunda de la tensión entre los dos vecinos. Ambos países eran invitados a suspender inmediatamente el desarrollo de armas nucleares; a detener la producción de material fisionable para las armas nucleares y participar en negociaciones para un tratado de prohibición de tales producciones; a abstenerse de desarrollar armas nucleares; y a ser partes en el TNP y en el TPCE. La resolución excluía expresamente el reconocimiento de las pretensiones de la India y el Pakistán de ser estados dotados de armas nucleares, ya que ello sería incompatible con el TNP.

Para recalcar su preocupación unos catorce países adoptaron medidas concretas dejando constancia de su disgusto. El 16 de junio los Estados Unidos de América anunciaron una serie de sanciones en virtud de la Enmienda Glenn a la Ley de control de las exportaciones de armas; y el Japón, el mayor proveedor de ayuda al subcontinente, se apresuró a suspender toda nueva ayuda a ambos países con cargo a sus grandes programas de ayuda. Dadas las dificultades propias de las sanciones económicas, algunos países prefirieron cancelar o aplazar contratos, y particularmente contactos de defensa como visitas de altos oficiales, asistencia a academias militares, cursos de formación y ejercicios conjuntos.

Tendencias actuales en la India y el Pakistán – Una mezcla de religión y política

En los albores del siglo XXI Asia meridional está experimentando un cambio radical de su política. Los dirigentes de educación liberal occidental que lideraron la lucha por la independencia han sido sucedidos en la mayoría de los casos por un grupo más corrupto, seudofundamentalista e intolerante de líderes que tienen en común el rechazo categórico de los valores occidentales. En el Pakistán, el extremismo islámico cultivado y madurado durante 11 años de dictadura militar de Zia-ul-Haq engendró una especie de oscurantismo medieval que encubre la corrupción y las componendas de las desacreditadas élites militares y políticas. Una novedad peligrosa de este período, con implicaciones a largo plazo para la sociedad pakistaní, fue la apertura de madrasas que proliferaron durante la guerra afgana a lo largo de la frontera afgano-pakistaní. Estas escuelas coránicas, financiadas con dinero saudí, se convirtieron en semilleros de militantes islámicos que fueron utilizados inicialmente para combatir a los infieles rusos en Afganistán. Después volvieron su atención, guiados y patrocinados por el ejército pakistaní, a la Yihad en Cachemira. Según Hafiz Muhammad Syed, jefe del Lashkar-e-Toiba “todo militante que penetra en la Cachemira ocupada los indios va con la idea de no volver jamás. Miles de jóvenes musulmanes abrazan así las enseñanzas del ‘martirio’ para morir por la gloria del Islam”.

Otro factor que contribuyó a destruir el crecimiento de actividades políticas sanas en el país ha sido el papel del ejército. Desde que el general Ayub Khan tomó el poder en 1958, Pakistán ha tenido una accidentada historia de intervención militar que ha destruido virtualmente todas las instituciones democráticas del país: poder judicial, legislativo, prensa libre, partidos políticos, etc. Para legitimar su gobierno el ejército ha buscado y obtenido el apoyo de partidos religiosos como el Jamaat-e-Islami. Esta impía alianza política suscitó un ambiente de intolerancia religiosa en el que han tenido lugar ataques a lugares de culto y persecuciones de minorías religiosas, en particular cristianas, en virtud de la ley sobre blasfemia. La intolerancia religiosa ha atizado también conflictos sectarios y violencia entre sunnitas y chiítas con pérdidas de numerosas vidas.

Para no quedar atrás en esta carrera de intolerancia religiosa, la India ha experimentado también en los últimos años un aumento de su propia especie de extremismo hindú, representada por Vishwa Hindu Parshad (VHP), el Bajrang Dal y el número en constante crecimiento de políticos “Hindutva”. Cuando se fundó en 1964 el VHP, su primer líder Shiv Shankar Apte dijo: “el objetivo declarado del cristianismo es hacer cristiano a todo el mundo, del mismo modo que el del Islam es hacerlo pakistaní”. Y añadió: “ha surgido además una tercera religión, el comunismo… las tres consideran que la sociedad hindú es un exquisito con el que se pueden regalar y engordar. Es necesario por consiguiente, en esta era de competición y conflicto, reflexionar para organizar el mundo hindú de modo que se salve de los malos designios de los tres”. El pensamiento de los extremistas hindúes nunca adquirió prominencia y permaneció aletargado debido a la pronunciada política secular de la India. La situación empieza ahora a cambiar. Al llegar al poder el partido Bharatiya Janata (BJP) se ha reanimado el demonio del comunalismo. Las políticas nacionalistas hindúes adoptadas por el BJP gobernante y sus organizaciones afiliadas como VHP han sacudido la opción histórica del país por la democracia secular. La estrategia del BJP de lanzar una nueva campaña para reclamar agresivamente el “voto hindú” coincidió con el VHP en instigar a la militancia hindú a raíz de las conversiones al Islam de miembros de la comunidad dalit en Meenakshipuram, el asunto Shah Bano y el auge del movimiento separatista sij en los años ochenta.

La tendencia de los políticos indios y pakistaníes a utilizar símbolos y modos de hablar religiosos para manipular al pueblo para obtener mezquinas ventajas políticas ha atizado una violencia endémica, religiosa y regional que amenaza con fragmentar a las sociedades a ambos lados de la divisoria geográfica.

Corrupción

La corrupción es endémica tanto en la India como en el Pakistán. Es omnipresente y ha penetrado en casi todos los sectores de la sociedad. Mientras que millones viven sin una verdadera comida diaria y no tienen donde dormir, hay también una obscena ostentación de riqueza generalmente mal adquirida. En la India los gobiernos del ex primer ministro Narasimha Rao y la ex actriz y poderosa ministra principal de Tamil Nadu, Jayalalita, fueron derribados por corrupción. En Pakistán los ex primeros ministros Benazir Bhutto y Nawaz Sharif fueron también depuestos acusados de corrupción. La Oficina Nacional de Responsabilidad del actual gobierno militar ha registrado docenas de demandas contra ambos líderes para recuperar bienes mal adquiridos. Tanto en la India como en el Pakistán se desvían cada año millones de rupias hacia los bolsillos de los funcionarios y de los líderes políticos y militares. Según Transparencia Internacional, una ONG con base en Berlín, ambos países figuran entre las diez naciones más corruptas del mundo.

Derechos humanos

Las violaciones de derechos humanos han seguido agravándose con los años en la India y el Pakistán. En la India, no obstante, la existencia de un poder judicial relativamente independiente y de una prensa libre ha hecho una diferencia apreciable. El hostigamiento y la brutalidad cotidianos de la policía siguen siendo una fuente principal de violaciones de derechos humanos del pueblo común. Así ocurre sobre todo en las zonas rurales, donde el sistema feudal es ley en sí mismo e incluso el trabajo y las vidas de los defensores de los derechos humanos son a menudo amenazados por poderosos sectores de la sociedad, que operan en connivencia con órganos policiales. La opresión de los dalit en la India se ha prolongado durante tres mil años. Están segregados en todas las esferas de la vida social: lugares de culto, educación, vivienda y propiedad de la tierra, uso de pozos, carreteras y autobuses comunes. Considerados como intocables por la casta superior, los dalit se ven obligados a realizar trabajos serviles y degradantes. La violencia y los conflictos de castas, pese a las garantías constitucionales de igualdad, siguen infectando y dividiendo a la sociedad en regiones como Bihar. La violencia religiosa y los ataques a cristianos y musulmanes han aumentado también notablemente desde que el gobierno del BJP llegó al poder en 1998. Ataques a iglesias, instituciones y clero cristianos han sido más frecuentes en los dos últimos años.

En el Pakistán, pese a las seguridades dadas por los gobiernos sucesivos, la violencia religiosa crece y los ataques a cristianos, hindúes y comunidades Ahmadiya prosiguen ante la indiferencia de las autoridades. La discriminación contra los cristianos en los lugares de trabajo es práctica común, especialmente en el Punjab. La medida de esta discriminación se muestra en un incidente en un colegio local de economía doméstica, donde los maestros musulmanes se negaron a probar la comida cocinada por estudiantes cristianos. Las leyes personales de los musulmanes predominan abrumadoramente sobre la ley personal de los no musulmanes. Según los tribunales federales musulmanes, el matrimonio formalizado entre cristianos se disuelve automáticamente si una de las partes abraza el Islam. Las Leyes sobre Blasfemia siguen atormentando a la minoría religiosa y se utilizan a menudo para arrebatar tierras o buscar la venganza personal. El gobierno tampoco ha protegido ni facilitado medios prácticos de defensa a las mujeres víctimas de malos tratos en el hogar y de violencia sexual. Los “homicidios por honor” son corrientes sobre todo en la provincia de Sind. La tortura, las muertes de detenidos y las ejecuciones extrajudiciales son frecuentes. Pese a las denuncias, los policías nunca son procesados por violaciones de los derechos humanos. En consecuencia, crece el clima de impunidad.

Después del 11 de septiembre

Como en otras partes del mundo, los sucesos del 11 de septiembre en Nueva York causaron impresión en el subcontinente. La repercusión, no obstante, fue mayor en el Pakistán que en la India. El Pakistán pasó súbitamente de ser un estado paria a ser un aliado clave del Occidente en la lucha liderada por los Estados Unidos contra el terrorismo. El régimen militar pakistaní que había apoyado inequívocamente a los talibán hizo un giro completo y se deshizo del grupo militante islámico como de una patata caliente. El país abrió sus puertas a la intervención de los Estados Unidos en la región, ignorando las lecciones del pasado. El gobierno militar, al no tener que responder ante el pueblo, hizo lo que quería hacer. Mientras el general Musharraf hacía lo imposible en favor de los intereses de la seguridad estadounidense, la India se ponía nerviosa. Para no quedarse atrás, ofreció pleno apoyo a la acción militar de los Estados Unidos hasta el extremo de ofrecer su territorio para combatir el terrorismo. Los Estados Unidos, no obstante, escogieron a su viejo aliado el Pakistán, dada su proximidad a Afganistán. La India, desairada, hubo de soportar el menosprecio.

A medida que se intensificó la guerra contra el terrorismo liderada por los Estados Unidos y se consolidaban los vínculos entre Pakistán y los Estados Unidos, la India recalcaba su preocupación por el terrorismo fomentado por Pakistán en Cachemira, pero Washington miraba hacia otro lado. Los Estados Unidos no querían en absoluto enfrentarse a Pakistán ni apartarse de su propósito original de destruir las redes de los talibán y Al Qaida en Afganistán. La situación entre la India y el Pakistán empeoró con el ataque del 13 de diciembre al Parlamento, que la India achacó a los grupos de la Yihad patrocinados por Pakistán. No consiguiendo que Estados Unidos prestase oídos a su preocupación, la India desplegó tropas a lo largo de las fronteras con Pakistán, suscitando la posibilidad de una verdadera guerra. La situación se calmó, en cierta medida, gracia a la visita a la región del Secretario de Estado estadounidense Colin Powell. Sin embargo, persisten las tensiones entre ambos países. La India se ha negado repetidamente a dialogar con Pakistán a menos que éste ponga fin al terrorismo transfronterizo de los militantes islámicos.

La presencia estadounidense en la región reforzará los vínculos con el ejército pakistaní, el cual por su parte es probable que pida nuevo armamento en pago de sus servicios. Esto puede acentuar las tensiones en la región y conducir a otra carrera armamentista. La confrontación militar continuará mientras no se resuelva la disputa de Cachemira. Dada la oposición india a una mediación de terceros, ambos vecinos tendrán que volver a la mesa de negociaciones para reanimar su diálogo interrumpido.

Sri Lanka

Los poderes de emergencia asumidos por el gobierno en 1983 se han reafirmado de vez en cuando por razones de “seguridad nacional”, lo cual ha permitido encubrir las violaciones de derechos humanos y atrocidades cometidas por las fuerzas de seguridad. Los LTTE con sus hombres-bomba suicidas han matado y herido a cientos de personas sin excluir a civiles y han sido brutales al tratar a sus opositores. La política de los LTTE de reclutamiento forzoso y utilización de niños para la guerra en el norte ha causado dolor y sufrimiento en las familias tamiles de las zonas rurales y ha atraído la atención de los organismos de las Naciones Unidas y de los medios informativos internacionales. La guerra ha desplazado a millones de tamiles y ha arruinado prácticamente la economía del país. Miles de tamiles se han visto obligados a buscar refugio y protección en el extranjero y dentro del país como refugiados y personas internamente desplazadas. La mayoría viven y sobreviven en condiciones deplorables. Hasta hace poco, la prohibición del gobierno de Sri Lanka a los periodistas independientes y a las ONG internacionales de penetrar en la zona de guerra mantuvo el conflicto fuera de la atención de los grandes medios informativos. Los jóvenes tamiles que viven en Colombo han sufrido repetidamente a manos de los organismos policiales locales. Son corrientes los casos de torturas, detenciones sin juicio y desapariciones.

Desde la escalada del conflicto en 1983, se han perdido más de sesenta mil vidas, y el país ha llegado al borde de la ruina económica y política. La mayoría de las personas a uno y otro lado de la divisoria étnica han sufrido, al penetrar profundamente las heridas de esta desenfrenada guerra destructiva en la psique del pueblo de este pequeño estado insular. Durante los últimos veinte años el gobierno de Sri Lanka y los LTTE han luchado en pos de una ventaja militar decisiva. Para muchos que han observado el conflicto, los altibajos de esta guerra han demostrado sobradamente que una victoria militar de cualquiera de los bandos es un sueño distante. Jaya Deva Uyaugoda describe esta situación de empate con estas palabras: “la fase del conflicto desde abril de 1995 se caracterizó por una imparable escalada de violencia. La violencia no sólo ha engendrado más violencia; ha reforzado también la creencia compartida por ambas partes en el conflicto de que un resultado decisivo en el campo de batalla podría condicionar directamente el futuro arreglo político. Mantener la paridad en la capacidad ofensiva, ganar el control de tierras nuevas o perdidas e infligir al adversario las máximas pérdidas humanas y materiales han pasado así a ser los objetivos estratégicos tanto del estado de Sri Lanka como de los LTTE”. Dada la posición endurecida de las partes en el conflicto y la posición ambigua e intransigente de los principales partidos políticos y del clero budista, una solución pacífica del conflicto parecía casi imposible hasta hace muy poco.

La comunidad internacional recibió pues con agradable sorpresa y con satisfacción el anuncio hecho en febrero de 2002 de un alto el fuego permanente entre el Gobierno de Sri Lanka y los LTTE. Es de esperar que se prepare así el camino para un arreglo final negociado del conflicto étnico. Gracias a los infatigables esfuerzos de los noruegos se ha alcanzado este acuerdo que marca el fin de las hostilidades y el comienzo de medidas de fomento de la confianza. Es un hito importante en el camino de la paz (Apéndice C del Memorándum de Entendimiento entre el Gobierno de Sri Lanka y los LTTE). Es un paso adelante. Ahora viene la parte difícil de resolver los problemas socioeconómicos y políticos subyacentes. Como dijo el líder de los LTTE en su conferencia de prensa de abril de 2002 (la primera en diez años): las demandas básicas de la comunidad tamil son el reconocimiento de una patria para los tamiles; su nacionalidad y su derecho de autodeterminación. Aclarando la posición sobre la cuestión espinosa del derecho de autodeterminación, el portavoz de los LTTE puso cuidado en explicar que esto podría significar la autonomía, y sólo como último recurso los LTTE optarían por la secesión.

En vista de las exigencias del estado desastroso de la economía de Sri Lanka, de la opinión mundial sobre el terrorismo después del 11 de septiembre y de la presión que ello ha ejercido sobre los LTTE, parece que las circunstancias son propicias para un arreglo negociado del conflicto. Las iglesias y las ONG tienen una larga historia de colaboración en favor de la paz y la reconciliación en Sri Lanka. Es el momento oportuno para que lancen un gran programa conjunto con objeto de atraer apoyos en favor de la Iniciativa Noruega de Paz.

Bangladesh

Bangladesh es la nación más joven de la región. Desde su agitado nacimiento en 1971 el país ha tenido una vida tumultuosa, habiendo sufrido mucho en manos de gobiernos militares y líderes políticos egoístas y oportunistas envueltos en un ropaje nacionalista. Actualmente el país padece los espasmos del extremismo islámico que ha suscitado intolerancia y violencia. Crecen los ataques contra las minorías religiosas y sus lugares de culto. Los gobiernos sucesivos han recurrido a la policía, a fuerzas paramilitares y al ejército para reprimir la agitación antigubernamental de los partidos políticos de oposición, cometiéndose en este proceso graves conculcaciones de los derechos humanos, tales como torturas, detención arbitraria y fuerza excesiva e indiscriminada contra manifestantes. Los enfrentamientos políticos han llegado a ser la norma más que la excepción. La cultura política destructiva del país es una rémora para la formación y promoción de instituciones democráticas. La crisis política empezó con el asesinato del jeque Mujib-ur-Rehman, padre de la nación. El suceso era reflejo de una lucha por el poder dentro de la élite, sin referencia alguna a las necesidades del pueblo: eliminación de la pobreza (Bangladesh tiene la más baja renta per cápita de la región), mejoramiento del sistema de educación, progreso económico, etc. El golpe que mató a Mujib-ur-Rehman creó un vacío en el que el ejército se dividió en grupo proislámico y grupo socialista, dejando a la clase media urbana secular sin líderes y desanimada. La ulterior toma del poder por el general Zia-ur-Rehaman marcó el ascenso de las facciones prosocialistas, pero la tendencia política forzó a su régimen a inclinarse hacia el Islam tanto en política interna como en la exterior. En 1978 el Islam se introdujo oficialmente en el preámbulo de la Constitución. Zia-ur-Rehaman levantó también la prohibición sobre los partidos islámicos y para apaciguarlos ordenó la ejecución de oficiales militares izquierdistas. Durante su presidencia de 1976 a 1981, año en que fue asesinado en un golpe militar, Zia-ur-Rehaman trató consolidar la relación entre el estado y la sociedad con objeto de proteger los intereses de las facciones elitistas y de los partidos políticos islámicos. Al mismo tiempo buscó la manera de que el ejército no le apartara del poder. Como Bhutto en el Pakistán, procuró por varios medios mantener contento al ejército para que no saliera de los cuarteles. Estas medidas fueron, entre otras, el acceso al botín estatal, la intocabilidad del presupuesto militar y la rotación de oficiales de lealtad sospechosa en puestos de mando para impedirles que crearan una base de apoyo regional. La herencia de Zia-ur-Rehaman sigue emponzoñando la política de Bangladesh. De alguna manera el escenario político en el Pakistán desde la ejecución de Bhutto por el ejército y el de Bangladesh son las dos caras de la misma moneda.